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ROMPER EL HECHIZO

 (J. R. HERNÁNDEZ)

 

—Ayuda— me dijo la rana.                                                          

Estaba sentada sobre una hoja que flotaba en el agua negra del río y su cuerpo brillaba como si tuviera encima una capa de lentejuelas derretidas.

—Ayuda, señora bruja.

—¿Qué quieres?

—Verá usted, había una vez un príncipe que fue encantado por faltar a una promesa. Él quería ser feliz, así que fue a un campo de tréboles. Encontró un trébol de tres hojas, pero se resbaló y cayó en un pozo. Entonces, prometió a las criaturas del pozo que les entregaría el trébol de cuatro hojas, si lo hallaba, a cambio de su vida. Las criaturas lo levantaron hacia la superficie hundiendo sus pequeñas uñas en las paredes de piedra, lo que les provocó mucho dolor. El príncipe consiguió el trébol de cuatro hojas y se lo comió. Los habitantes del pozo lo maldijeron. Han pasado veinte años y ninguna princesa está dispuesta a deshacerlo. ¿Podría usted utilizar su magia… para salvarme?

—Acércate.    

La rana chapoteó y se aproximó a la orilla. La lluvia estaba empezando a remitir y la neblina se había convertido en un velo harapiento empujado por el aire. Alrededor sólo estaba el bosque, las hojas oscuras recién lavadas y el escarlata exuberante de las fresas, y arriba el cielo de color púrpura rojizo como una herida infectada.

—Te besaré— le dije y vi la repugnancia en su cara cuando tuvo cerca las arrugas de la mía — La magia obrará.

—Sí, estoy dispuesto.

En cuanto mi boca tocó la suya, el proceso comenzó. No fue rápido ni simple y durante un tiempo se escuchó el crujido de los huesos y la piel tirante que luchaban para adaptarse al cambio. Al acabar los sonidos, el príncipe se levantó. Era más hermoso que las estatuas del viejo cementerio y tenía colores que esplendían, oro y cobre batiéndose en su pelo, azules moviéndose en sus ojos, marfiles y plateados reptando abajo hacia sus caderas y luego de nuevo a su boca, donde se convertían en blanco cegador. Aún sonreía cuando le hundí el cuchillo. Su sangre, de un rojo tan obsceno como el de las fresas, cayó sobre mi mano y sentí que mis dedos empezaban a adquirir la textura de la seda.       

—Había una vez— murmuré en su suave oreja, sin dejar de cortar— una princesa del mar que se enamoró de un príncipe humano. Ella fue a tierra, pero descubrió que él estaba loco, de modo que su amor no fue correspondido. El trato que había hecho para respirar el aire pesaba sobre su suerte: si tocaba agua o incluso sal, se ahogaría. Mucho tiempo después, era decrépita y sucia, se hallaba completamente sola. Oh, la pobre… pobre sirena, necesita el corazón de un príncipe para volver a casa.

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