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  Álex Padrón:  la poesía como equilibrio del karma Álex debe haber llegado a Editorial Primigenios en los primeros tiempos. Lo que no consigo recordar con exactitud es si fue antes o después de mi viaje a La Habana para presentar la antología La Habana convida, en la que participaron numerosos poetas cubanos. He vuelto a mirar las fotografías de aquel día. Busqué entre los rostros su melena, sus espejuelos, esos ojos suyos que irradiaban una confianza extraña, una mezcla de intensidad y sosiego. No aparece. De modo que Álex debió de arribar a Primigenios algunos meses después, como llegan a veces los escritores a una editorial: primero mediante un mensaje, después con un manuscrito y, finalmente, ocupando un sitio que uno termina creyendo que siempre estuvo reservado para ellos. Nos comunicamos mucho por correo electrónico y por mensajería. Hablábamos de libros, de poemas, de correcciones, de cubiertas y de los inevitables contratiempos que acompañan cualquier aventura ...
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  Los lugares que ya no existen   José Luis Riverón Rodríguez ha tenido que emigrar a Campo Belo, Brasil. Lo imagino allá, en una casa que todavía no termina de reconocerlo, rodeado por objetos que no saben nada de su vida anterior, mientras la humedad tropical se demora en las paredes y el cuerpo comienza a pasarle la cuenta de tantos caminos recorridos. Hace algún tiempo le compartí el archivo de Vanos lugares. Ahora vuelve a él desde esa lejanía. Lo abre en la computadora, avanza por algunos poemas y, según me cuenta, se engurruña como un viejito por los dolores de la artritis. La imagen me conmueve y también me lastima. Se engurruña, dice. Pero yo sé que no es solamente la artritis. Hay libros que también doblan los huesos. Hay palabras que se acomodan en las articulaciones y comienzan a doler desde dentro, como si hubieran permanecido muchos años esperando el instante preciso para recordarnos que el cuerpo también tiene memoria. Una memoria distinta a la de la inteligenci...
Sostener la luz   Hay libros que uno publica y hay libros que uno acompaña hasta la puerta de la muerte. Oscuras preguntas sobre el vuelo de los pájaros pertenece a esa segunda especie. No llegó a mis manos como llegan los manuscritos habituales, con la respiración inquieta de un autor que espera una respuesta, una corrección, una cubierta, una fecha de publicación. Llegó desde otro sitio. Llegó con el silencio definitivo de Misael Aguilar Hernández, muerto en marzo de 2023, y con esa extraña responsabilidad de quien debe tocar los papeles de un hombre que ya no puede defenderlos, corregirlos, explicarlos ni agradecer que alguien los haya salvado del olvido. Ahora vuelvo a este libro. Lo publiqué una vez en Amazon, pero siento que no basta. Hay muertos que necesitan otra casa. Hay libros que deben regresar a las manos, al olor del papel, a la torpeza humana de pasar las páginas, a ese gesto antiguo de cerrar un volumen y dejar la palma apoyada sobre la cubierta, como si deb...
FRAGMENTO DE LA NOVELA PATA SECA DISPONIBLE EN LULU Anastasia miró a Roque de arriba abajo y no lo midió: lo leyó. Le vio el tamaño, sí, pero le vio también el temblor. Le vio el fuego y le vio el espanto. Y dijo, como si hablara de una deuda: “Has venido tarde.” Guilherme apretó los labios. “Quero que você arrume.” Y esa palabra —arrume— sonó como brutalidad envuelta en pañuelo fino. Anastasia sonrió apenas. No era sonrisa de obediencia; era sonrisa de quien sabe algo que el amo no sabe. Puso la mano en el pecho de Roque y Roque sintió, por primera vez desde que todo empezó, un toque que no lo pesaba; un toque que no preguntaba “cuánto rindes” sino “cuánto te duele”. “Não é o corpo”, dijo ella con voz de agua oscura. “É o espanto.” Y Roque tragó saliva, porque nadie le había hablado así. Nadie le había dicho que lo que lo estaba rompiendo no era falta de fuerza, sino exceso de miedo. Anastasia miró hacia el monte como quien escucha un mensaje en hojas, y habló bajo, para que el aire s...
  Pata Seca: la novela que me obligó a escuchar el silencio Hay libros que uno escribe. Y hay libros que, en algún momento, empiezan a escribir a quien los está escribiendo. Pata Seca pertenece a esa segunda categoría. Durante mucho tiempo pensé que estaba construyendo una novela sobre la esclavitud en el Brasil del siglo XIX. Había mapas sobre mi escritorio, documentos históricos, testimonios dispersos, estudios antropológicos, nombres indígenas, rutas de comercio, leyendas amazónicas y largas listas de vocablos africanos. Creía que todo consistía en investigar con rigor y convertir esa investigación en literatura. Me equivocaba. Poco a poco comprendí que el verdadero tema de la novela nunca fue la esclavitud. La esclavitud es apenas el escenario donde ocurre algo mucho más profundo: la lucha desesperada de un ser humano por no dejar de ser quien es cuando todo conspira para arrancarle su nombre. Porque eso hace el poder cuando desea perpetuarse. No se conforma con dominar un...
  Hay fotografías que muestran un libro. Y hay fotografías que cuentan una vida. Esta no es la imagen de un escritor sosteniendo el ejemplar que acaba de publicar. Esa escena se repite todos los días en las redes sociales. Aparece un libro, una sonrisa, algunos aplausos y el tiempo sigue su marcha. Pero esta fotografía pertenece a otra categoría. Rubén Reyes Ramírez no puede verla. Los problemas visuales que hoy limitan su mundo le impiden contemplar la cubierta donde descansa el título de su poemario. No puede recorrer con los ojos el diseño, ni detenerse en los colores, ni abrir el volumen para leer uno de sus poemas. Lo que sí puede hacer es sostenerlo entre las manos. Percibir el peso exacto de tantos años de trabajo. Reconocer el olor del papel recién impreso. Pasar lentamente los dedos sobre la portada e imaginar que, en algún lugar de esas páginas, continúan viviendo los versos que escribió utilizando el sistema Braille y otros métodos que hicieron posible vencer las limitac...
  Los ojos de la verdad sobre las ruinas de Paraguay A propósito de la novela Paraguay, de David Martínez Balsa No sé por qué se me hace necesario hablar de esta novela mientras escucho *The Eyes of Truth*, de Enigma. No lo sé, aunque lo sospecho. Quizás hay libros que no deben leerse en silencio. Libros que exigen una música grave detrás de las palabras, una respiración antigua, una letanía capaz de levantar el polvo de los caminos y hacer que los muertos se incorporen, no para espantarnos, sino para mirarnos. Para sostenernos la mirada. Para preguntarnos qué hemos hecho con su memoria. La música avanza y parece provenir de un templo sin paredes. Hay voces que llegan desde un sitio remoto, como si atravesaran los siglos; tambores de una marcha que no sabemos si conduce hacia una batalla, una ceremonia o un sacrificio. Y entonces pienso en Paraguay, la novela de David Martínez Balsa. Pienso en sus mujeres, en sus niños, en sus soldados heridos, en sus ancianos armados con lo poco q...