¿Cuándo comprendí que estaba escribiendo una novela importante? Todo escritor honesto escribe pensando que sus libros son importantes. Al menos importantes para él. Después, cuando los termina, cuando pasan los días y el libro empieza a caminar fuera de la mesa donde fue escrito, llega otra pregunta mucho más difícil: ¿será también importante para otros? Todavía es muy temprano en el universo de Pata Seca para responder eso. Ojalá lo sea. Ojalá encuentre lectores capaces de entrar en su mundo y escuchar lo que sus personajes tienen que decir. Pero sí hubo un momento en que comprendí que aquella novela estaba creciendo más allá de mí. En esos meses Pata Seca no era todavía un libro. Era un bulto de hojas, notas, audios, artículos abiertos en la computadora y en el teléfono. Yo iba muy temprano al gimnasio, casi siempre a las cinco de la mañana, y mientras caminaba en la máquina empezaban a visitarme los personajes. Anastasia. Cutié. Yaci. La abuela de la tribu. El misionero. Y, por su...
¿Quién fue Anastasia? Hay una verdad que a los escritores nos cuesta reconocer. Ningún personaje nace completamente solo. Todos cargamos, de una forma u otra, con las voces de otros escritores. Hay personajes que leímos hace treinta o cuarenta años y que, aunque creamos haberlos olvidado, continúan viviendo en algún rincón del subconsciente, esperando el momento de regresar bajo otro rostro y con otro nombre. Mientras escribía Pata Seca intenté no pensar en ellos. Quería que Anastasia naciera únicamente de la novela. Que su voz fuera suya y de nadie más. Pero escribir también es descubrir aquello que uno no sabía que llevaba dentro. Anastasia terminó convirtiéndose en uno de los personajes más importantes del libro. No porque ocupe muchas páginas, sino porque sostiene buena parte de su arquitectura espiritual. Ella es el puente entre la magia y la realidad. Entre la memoria africana y el Brasil esclavista. Entre el mundo del ingenio y la selva. Entre el miedo y la esp...