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  Amor, ¿amor?   Zenaida Ferrer   Es la primera vez en casi cincuenta años que olvido el día de tu cumpleaños, y no creas, me siento culpable, aunque hace varias décadas no he tenido cómo hacerte llegar mi felicitación. Que tengas mucha salud y una larga vida, es un deseo sincero, aunque ya sea un poco tarde. Claro, meses atrás, en mi último viaje al pueblo había roto con tu recuerdo, o creí hacerlo. ¡Pelearse con un muerto!, pensé entonces, porque en un fantasma te convertiste para mí después de nuestra separación y de tu partida. No es difícil entender el olvido entonces, pero duele. Nunca, nunca te he dejado de pensar, incluso cuando he visto tus fotos, ahora blanco en canas, con una barriga prominente y una barba a lo Papá Noel, abrazado a tu esposa. No lo creo. No eres tú, no eres mi novio, ese joven trigueño, velludo, delgado y de risa fácil, que me hacía suspirar (y me hace). Pero no eres este que alguien muestra en Facebook y no reconozco. No. Estoy enamorada de t...
  Involución Seudónimo: Tito     Acostumbraba a viajar con frecuencia a otras ciudades por cuestiones de negocios y ese día no era la excepción. La carretera estaba casi desierta, e involuntariamente repasaba algunos proyectos futuros en mi mente. De repente, una idea como un destello cambiaría por completo mi estado de ánimo. No sé cuántas cosas pasaron por mi cabeza, en unos segundos mi imaginación como un río se desbordó, comencé a transpirar, me faltaba el aire y tuve que estacionar. Me descubrí aferrado al volante con una fuerza brutal. Sólo son celos, me dije. Era una persona ecuánime, inteligente y no sabía qué pasaba con mi autocontrol. Jamás había dudado de ella, pero un solo pensamiento se había apoderado de mí, ya no podía continuar, y decidí volver anticipadamente. El regreso se me hizo interminable, mi presión arterial subía y mi campo visual se iba reduciendo, como el de un francotirador que sólo se enfoca en localizar un objetivo con su mira. No...
  Lenin vino en una cigüeña (y después la cigüeña se murió)   Tusa Kutusa   La fila no avanzaba tan rápido como me habían dicho. No recordé haber hecho una cola inmensa, sino lanzarme en una estampida que casi se apoderó de esa ala del Kremlin. Pasé por donde estaban las tumbas de otros personajes que no me interesaban mucho, Stalin entre ellos. A lo lejos veía a Lenin manoteando a algunos visitantes, sonriendo a una llorosa anciana. En ráfagas instantáneas volvía a su posición detrás de un cristal en un sarcófago muy poco iluminado, con sus manos cruzadas sobre el pecho. Luego uno de los guardianes lo recriminaba y el mismo Lenin asentía como un niño que promete no volver a sus fechorías. – Qué hay del otro lado de la puerta –le pregunté a un oficial que seguía la rutina de los visitantes y procuraba que ninguno llevase una cámara fotográfica, una pistola o cualquier otra cosa no apropiada. El oficial se detuvo luego de unos segundos. Al volverse vi que no er...