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Hay fotografías que muestran un libro. Y hay fotografías que cuentan una vida.

Esta no es la imagen de un escritor sosteniendo el ejemplar que acaba de publicar. Esa escena se repite todos los días en las redes sociales. Aparece un libro, una sonrisa, algunos aplausos y el tiempo sigue su marcha.

Pero esta fotografía pertenece a otra categoría.

Rubén Reyes Ramírez no puede verla.

Los problemas visuales que hoy limitan su mundo le impiden contemplar la cubierta donde descansa el título de su poemario. No puede recorrer con los ojos el diseño, ni detenerse en los colores, ni abrir el volumen para leer uno de sus poemas. Lo que sí puede hacer es sostenerlo entre las manos. Percibir el peso exacto de tantos años de trabajo. Reconocer el olor del papel recién impreso. Pasar lentamente los dedos sobre la portada e imaginar que, en algún lugar de esas páginas, continúan viviendo los versos que escribió utilizando el sistema Braille y otros métodos que hicieron posible vencer las limitaciones que la vida fue imponiéndole.

Eso basta.

Porque un libro no siempre se lee con los ojos.

A veces se lee con la memoria.

Con la voluntad.

Con la certeza de haber dicho aquello que necesitaba ser dicho.

Conocí a Rubén en Mérida, Yucatán, durante mi visita a la Universidad Modelo, hace ya algunos años, cuando tuve el privilegio de presentar los tres volúmenes de su colección de ensayos sobre la literatura yucateca. Descubrí entonces a un hombre de inteligencia serena, de conversación generosa y de una pasión inquebrantable por la literatura.

Hoy Editorial Primigenios suma un nuevo título a su catálogo: El jardín de las insurgencias, publicado a través de Lulu. Para cualquier editorial podría ser un libro más. Para mí no lo es.

Es el libro de Rubén.

Y esa diferencia cambia por completo el sentido de esta fotografía.

Mientras la observo, casi puedo sentir el calor espeso de las tardes de Mérida entrando por la ventana de su casa. Pienso en las incontables horas de edición, corrección, diseño y revisión. Pienso en el largo camino recorrido hasta que ese manuscrito dejó de ser un archivo digital para convertirse en un objeto real.

Entonces comprendo que todo valió la pena.

Porque editar libros nunca ha consistido únicamente en imprimir páginas.

Consiste, sobre todo, en ayudar a que una voz llegue a existir de una manera que pueda ser tocada.

Y hoy Rubén sostiene entre sus manos la prueba de que la literatura sigue encontrando caminos incluso cuando la vista ya no puede guiarlos.

Hay victorias que no hacen ruido.

Esta es una de ellas.


Eduardo René Casanova Ealo

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