El cuarto sin nombre
Muchos lectores me han preguntado si el famoso cuarto sin nombre existió realmente. La respuesta es que no lo sé. Y, para ser sincero, tampoco era esa la pregunta que más me interesaba mientras escribía la novela.
Es posible que nunca haya existido una habitación exactamente igual a la que aparece en Pata Seca. Es posible también que sí. La historia de la esclavitud conserva miles de documentos sobre la producción de azúcar, las compraventas de esclavos, los castigos y las cuentas de los ingenios, pero casi nunca habla de aquello que ocurría detrás de una puerta cerrada.
La literatura tiene, a veces, la obligación de entrar donde los archivos callan. En la novela, el cuarto sin nombre no es únicamente el lugar donde Roque José Florêncio recibe a las mujeres esclavizadas de la dotación para cumplir la orden de su amo. Es mucho más que eso. Representa la transformación definitiva del ser humano en mercancía.
Guilherme, el dueño del ingenio, está convencido de que la extraordinaria fuerza física de Pata Seca puede heredarse. Su razonamiento no nace de la ciencia, sino de la lógica con la que durante siglos se seleccionó el mejor semental para mejorar un rebaño. Si un toro transmite fortaleza a sus crías, ¿por qué no aplicar el mismo criterio a los esclavos?
La brutalidad de esa idea consiste precisamente en que deja de ver personas. Solo ve rendimiento. Solo ve patrimonio. Solo ve ganancias futuras. Por eso el cuarto nunca recibe un nombre.
Las sociedades suelen ocultar con eufemismos aquello que les avergüenza. Se cambian las palabras para no mirar de frente la realidad. En la hacienda nadie necesita explicar lo que ocurre allí. Todos lo saben. Y justamente por eso nadie lo nombra.
Pero el cuarto cumple otra función dentro de la novela. Sirve para desmontar una imagen romántica que todavía aparece en algunos relatos sobre las grandes haciendas brasileñas y latinoamericanas: la del amo paternal, justo y protector.
La esclavitud no podía sostenerse únicamente con el látigo. También administraba los cuerpos. También regulaba el deseo. También convertía la sexualidad en una herramienta de poder. En ese sentido, el cuarto sin nombre no habla solamente de Pata Seca. Habla de todos. Habla del amo, que cree tener derecho sobre la vida ajena. Habla de las mujeres obligadas a convertir la maternidad en otra forma de obediencia. Habla del propio Roque, reducido a una función biológica que termina arrebatándole incluso la posibilidad de comprender su propio cuerpo.
Por eso, en Pata Seca, el erotismo nunca aparece separado de la dignidad. Mientras existe el cuarto sin nombre, el deseo no puede ser libre. Solo cuando Roque abandona ese espacio y descubre otro modo de relacionarse con los demás, comienza realmente su camino hacia la libertad. Tal vez el cuarto sin nombre no haya existido exactamente como lo describo. Pero estoy convencido de que hubo muchos lugares parecidos. Lugares que la historia nunca registró con precisión. Lugares donde el poder decidió entrar incluso en aquello que debería pertenecer únicamente a la intimidad humana.
Y quizá esa sea una de las tareas de la literatura. Nombrar aquello que la historia prefirió dejar sin nombre.
Eduardo René Casanova Ealo

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