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Los lugares que ya no existen

 

José Luis Riverón Rodríguez ha tenido que emigrar a Campo Belo, Brasil. Lo imagino allá, en una casa que todavía no termina de reconocerlo, rodeado por objetos que no saben nada de su vida anterior, mientras la humedad tropical se demora en las paredes y el cuerpo comienza a pasarle la cuenta de tantos caminos recorridos.

Hace algún tiempo le compartí el archivo de Vanos lugares. Ahora vuelve a él desde esa lejanía. Lo abre en la computadora, avanza por algunos poemas y, según me cuenta, se engurruña como un viejito por los dolores de la artritis.

La imagen me conmueve y también me lastima. Se engurruña, dice. Pero yo sé que no es solamente la artritis. Hay libros que también doblan los huesos.

Hay palabras que se acomodan en las articulaciones y comienzan a doler desde dentro, como si hubieran permanecido muchos años esperando el instante preciso para recordarnos que el cuerpo también tiene memoria. Una memoria distinta a la de la inteligencia: más antigua, más cruel, más parecida a la humedad que se mete en las paredes de una casa abandonada.

Quizás por eso José Luis se encoge mientras lee. Porque Vanos lugares no fue escrito para permanecer de pie. Fue escrito desde la inclinación, desde el cansancio, desde ese momento en que un hombre comprende que ciertos países, ciertas casas y ciertos rostros continúan existiendo, pero ya no pueden ser habitados.

El libro comienza con una renuncia que hoy me resulta todavía más dura:

«No quiero mi país de vuelta.

Ya para qué».

Cuando escribí esos versos, mi madre estaba viva. Yo sabía, sin embargo, que la muerte ya caminaba hacia nosotros con su paciencia perfecta. En uno de los poemas escribí:

«En unas semanas,

no más de diez años,

mi madre morirá».

Después le servía un plato de ajiaco. Ella comía en silencio, sin levantar la cabeza, mientras yo lavaba la vajilla con el cuerpo transparente.

Ahora mi madre ha muerto. Y esos versos han dejado de ser una posibilidad para convertirse en una habitación cerrada.

Es extraño regresar a un libro después de que la vida ha terminado de escribir lo que el poeta apenas sospechaba. Uno quisiera corregir alguna palabra, introducir una demora, colocar una coma capaz de contener el tiempo. Pero los poemas no obedecen. Permanecen allí, pronunciando anticipadamente aquello que nosotros todavía no estábamos preparados para escuchar.

Tal vez toda poesía verdadera sea una forma involuntaria de profecía. No porque adivine el futuro, sino porque reconoce antes que nosotros la dirección de las pérdidas.

Vanos lugares fue publicado en Miami en 2022. El prólogo pertenece a Abel German; el diseño, la edición y la maquetación estuvieron también a mi cargo, como tantas veces ocurre en los libros de Editorial Primigenios: uno escribe, corrige, compone, mueve imágenes, mide los blancos y finalmente contempla el objeto terminado como quien ha construido con sus propias manos la urna donde guardará una parte de sí mismo.

Abel German escribió que recorrió estos lugares en constante sobresalto y que salió de ellos como quien abandona un campo de batalla después de la batalla. Habló de espacios vaciados por el tiempo, las desilusiones y los desarraigos. No creo que pudiera encontrarse una imagen más exacta.

Porque los lugares vanos no son lugares inexistentes. Al contrario: existen demasiado.

Existen en la memoria con una precisión que ninguna realidad puede soportar. La casa de madera, el pozo, el ciruelo, las telarañas, el retrato colgado de un clavo oxidado. Existen el país perdido y el padre convertido en huesos bajo una bandera mohosa. Existe la madre que uno se lleva consigo para que muera lejos de la tierra donde comenzó su vida.

Todo permanece. Lo único que ya no existe es la posibilidad de volver.

La emigración no consiste únicamente en trasladar un cuerpo de un país a otro. Emigrar es descubrir que la puerta por la que salimos ha desaparecido. Podemos regresar a la calle, reconocer el árbol, tocar la pared de una casa, pero la puerta verdadera —la que conducía hacia quienes éramos— ya no está. José Luis lo sabe ahora en Brasil. Yo lo he sabido durante muchos años en Miami.

Cada emigrante termina viviendo en dos geografías: aquella donde coloca la cama y aquella donde continúan durmiendo sus muertos.

Entre ambas construye puentes precarios: una canción, una fotografía, una llamada telefónica, un plato de comida, un libro recibido por correo. Pero ninguno de esos puentes llega completamente a la otra orilla. Todos se interrumpen un poco antes. Todos terminan suspendidos sobre el vacío.

La cubierta de Vanos lugares contiene esa sensación. Los edificios parecen hundirse en la arena; tres aviones cruzan un cielo pálido; un niño permanece de pie, con un periódico entre las manos, como si estuviera esperando noticias de un mundo que ya desapareció. Detrás hay montañas, dunas, una geometría imposible. No sabemos si el niño acaba de llegar o está a punto de marcharse. Quizás nunca haya estado allí. Quizás sea solamente el recuerdo de alguien. Los aviones parecen demasiado pequeños para salvarlo. El edificio parece demasiado grande para protegerlo. El paisaje entero tiene la textura de un sueño encontrado después de muchos años en el cajón de una persona muerta. Ese niño podría ser cualquiera de nosotros antes del primer desprendimiento. Antes de saber que la historia no es una sucesión de acontecimientos, sino una maquinaria que tritura lentamente las casas, las familias, las lealtades y los cuerpos.

En el libro aparecen políticos, curas, guerras, presidentes, héroes falsos, fronteras y dioses que piden obediencia. Pero debajo de esas figuras hay siempre un hombre tratando de conservar algo que pueda llamar suyo. A veces es la mano de una hija mientras anuda sus sandalias de ballet. A veces es el plato de comida ofrecido a la madre. A veces es el cuerpo de una mujer. A veces, apenas, una nube. El poeta no encuentra salvación en ninguna doctrina.

Desconfía de los altares, de las banderas y de los hombres que envían a otros hombres a morir. Por eso escribe que no debemos entregarles un hijo para sus guerras, ni una canción, ni una moneda, ni siquiera un cirio. Esa desconfianza no nace del cinismo. Nace de haber creído.

Solo quien creyó profundamente puede terminar hablando con semejante aspereza. Solo quien amó una idea de país puede decir que ya no lo quiere de vuelta. Solo quien esperó alguna forma de justicia puede mirar los escombros y reconocer en ellos la arquitectura del engaño. Vanos lugares es, en ese sentido, un libro sobre la fe después de la fe.

Sobre lo que queda cuando los símbolos pierden su significado y las palabras comienzan a sonar huecas. Patria. Historia. Revolución. Amor. Futuro. Dios. Cada una conserva su apariencia, pero al tocarla descubrimos que está vacía, como una fruta cuya semilla se ha secado por dentro.

Sin embargo, en medio de esa devastación, continúa la poesía. El hombre escribe sobre las paredes de su cueva mientras los otros celebran sus victorias. Ese gesto puede parecer inútil. Quizás lo sea. Pero hay inutilidades que nos mantienen vivos.

Escribir un poema no devuelve una madre, no reconstruye una casa, no deshace una dictadura ni rejuvenece las articulaciones de un amigo que lee encorvado en una ciudad brasileña. Tampoco consigue que el exilio retroceda un solo centímetro. La poesía no salva. Pero acompaña al que no ha podido salvarse. Le coloca una mano sobre el hombro. Se sienta junto a él en la oscuridad. Le dice: yo también he visto desaparecer ese lugar.

Por eso me conmueve imaginar a José Luis leyendo Vanos lugares en Campo Belo. Él cree que se encoge por la artritis, y seguramente la artritis tiene su parte en esta historia. Pero los dos sabemos que a ciertas edades los dolores dejan de pertenecer exclusivamente al cuerpo. Duele una rodilla y también un camino. Duele la espalda y también la casa que dejamos atrás. Duelen los dedos y también los nombres que ya no podemos marcar en el teléfono. Los años convierten cada articulación en una pequeña frontera. Para levantarnos de una silla debemos cruzar todas las fronteras del cuerpo. Y cuando finalmente conseguimos ponernos de pie, descubrimos que seguimos siendo emigrantes, incluso dentro de nosotros mismos. José Luis se engurruña como un viejito.

Yo lo imagino acercando el rostro a la pantalla, tal vez deteniéndose en un verso, cerrando los ojos. Afuera continúa Brasil: las voces de otros hombres, los pájaros de otra tierra, el ruido de vehículos que se dirigen hacia lugares cuyos nombres todavía no guardan ningún recuerdo suyo.

Dentro del archivo continúan Cuba, Miami, mi madre, mi padre, mi hija, las guerras, las casas destruidas, los espejos partidos, los hombres que se marcharon y los que murieron sin merecerlo.

Al final del libro escribí:

«Lo que más abunda en este mundo

son los muros

y la basura;

después vienen los muertos

que no debieron morir».

Abel German consideró ese poema un cierre perfecto. Hoy esas palabras pesan de otra manera. Ya no las leo como una afirmación literaria, sino como si fueran piedras que alguien hubiera dejado cuidadosamente sobre una tumba. Tal vez eso sea un libro de poemas: un lugar donde colocamos piedras para no olvidar el sitio exacto de nuestras pérdidas. Piedras sobre una madre. Piedras sobre un país. Piedras sobre la juventud. Piedras sobre los amigos dispersos en ciudades remotas. Piedras sobre nosotros mismos, porque también nosotros hemos ido muriendo en pequeñas cantidades, dejando atrás versiones que ya nadie podrá recuperar.

José Luis lee y se encoge. Yo escribo y vuelvo a encogerme con él. Entre Campos Belos y Miami queda tendido este libro, como un puente que no alcanza a tocar ninguna de las dos orillas, pero que nos permite encontrarnos durante unos minutos en el centro del vacío. Allí estamos: dos hombres envejeciendo lejos del lugar donde aprendieron por primera vez el nombre de las cosas. Dos hombres inclinados sobre un archivo. Dos emigrantes reconociendo, en el dolor de los huesos, la exacta geografía de los vanos lugares.

Eduardo René Casanova Ealo

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