Ir al contenido principal


 

Álex Padrón: 

la poesía como equilibrio del karma

Álex debe haber llegado a Editorial Primigenios en los primeros tiempos. Lo que no consigo recordar con exactitud es si fue antes o después de mi viaje a La Habana para presentar la antología La Habana convida, en la que participaron numerosos poetas cubanos.

He vuelto a mirar las fotografías de aquel día. Busqué entre los rostros su melena, sus espejuelos, esos ojos suyos que irradiaban una confianza extraña, una mezcla de intensidad y sosiego. No aparece. De modo que Álex debió de arribar a Primigenios algunos meses después, como llegan a veces los escritores a una editorial: primero mediante un mensaje, después con un manuscrito y, finalmente, ocupando un sitio que uno termina creyendo que siempre estuvo reservado para ellos.

Nos comunicamos mucho por correo electrónico y por mensajería. Hablábamos de libros, de poemas, de correcciones, de cubiertas y de los inevitables contratiempos que acompañan cualquier aventura editorial. Durante años nuestra relación estuvo hecha, principalmente, de palabras escritas. Quizás por eso ahora me resulta tan difícil aceptar el silencio. Cuando un escritor muere, no desaparece solamente una voz: también quedan suspendidas todas las conversaciones que parecían destinadas a continuar.

Su último mensaje lleva fecha del 22 de junio. Me preguntaba por el destino de un cuaderno de poemas y me daba el pésame por la muerte de mi madre. En ese mismo mensaje me confesaba que estaba atravesando una situación parecida: su madre se encontraba muy enferma.

Un mes después murió Álex.

Regreso a ese mensaje y no encuentro en él ninguna despedida. No había una frase definitiva, una sospecha, un indicio de que aquella sería nuestra última conversación. Estaba preocupado por un libro. Preguntaba por un manuscrito. Hablaba de su madre. Continuaba viviendo dentro del tiempo natural de los proyectos, ese territorio donde siempre creemos que habrá otro día para responder, corregir, decidir un título o terminar una edición.

Hablar ahora de sus libros supone entrar en una región difícil.

Podría hablar de fechas, de títulos, de premios y de géneros. Podría recordar que Álex Padrón —Juan Alexander Padrón García— nació en La Habana en 1973, se graduó de Ciencias Farmacéuticas y desarrolló una trayectoria que atravesó la ciencia ficción, la literatura fantástica, la novela negra, el periodismo cultural, la edición y la poesía. Podría mencionar Reino eterno, su presencia dentro de la llamada generación cero de la ciencia ficción cubana, el Gran Premio del Concurso Iberoamericano Terra Ignota, sus novelas policiales y los numerosos reconocimientos que fue acumulando a lo largo de los años.

Todo eso es necesario. Formará parte de la historia literaria que deberá escribirse sobre él. Pero no basta.

Los datos explican una trayectoria; no explican al hombre que enviaba un poema a medianoche ni al autor que aguardaba una respuesta sobre la suerte de un cuaderno. No explican la confianza que depositaba en una editorial pequeña, nacida lejos de los grandes centros de decisión cultural, pero empeñada en hacer libros con la misma seriedad con que otros construyen catedrales.

Editorial Primigenios publicó tres de sus cuadernos de poesía: Los mapas del tiempo, El rosario del hombre de ceniza y Thanatos y Eros. Ahora aparecen reunidos en este volumen, respetando el orden de sus primeras publicaciones y la estructura que Álex decidió para cada uno.

No hemos querido desarmar sus libros para fabricar una antología arbitraria. Tampoco escoger únicamente los poemas que pudieran parecernos mejores o más representativos. Cada cuaderno posee su propia respiración, su recorrido, sus recurrencias y sus zonas de sombra. Separar los poemas de esos cuerpos originales habría significado alterar una arquitectura que pertenecía al autor.

Por eso esta edición no busca corregir su pasado ni ofrecer una versión mejorada de su poesía. Busca conservarla.

Los mapas del tiempo fue su primer cuaderno publicado por Primigenios. Ya desde ese título aparece una de las obsesiones que atravesará buena parte de su obra: el tiempo como territorio, condena, materia del amor y medida de la pérdida. En sus poemas, el tiempo no avanza de manera serena. Se demora, amenaza, regresa, devora, posterga. Es un reloj que no siempre marca las horas, sino la distancia entre dos cuerpos, la duración de una espera o la proximidad de una despedida.

Álex escribía con una conciencia persistente de lo finito.

Esperar, en su poesía, no es una actitud pasiva. Es una forma de resistencia. El sujeto que habla en sus poemas espera a la mujer, al amor, al consuelo, al regreso, a la paz. Pero sabe que toda espera ocurre bajo una amenaza: el tiempo puede terminar antes de que llegue aquello que deseamos.

En El rosario del hombre de ceniza, esa conciencia se vuelve más corporal y más dolorosa. El amor aparece como plegaria, castigo, promesa, dependencia y refugio. El poeta cuenta las pérdidas como quien pasa entre los dedos las cuentas de un rosario. Cada poema es una invocación, pero también una ceniza: algo que ardió, algo que todavía conserva la memoria del fuego.

Álex no le tuvo miedo a la emoción.

En una época que suele confundir la contención con la inteligencia y la frialdad con la profundidad, él escribió desde la exposición sentimental. Su poesía se arriesga a ser vulnerable, intensa, erótica, contradictoria. No esconde la necesidad de amar ni la vergüenza de necesitar al otro. Tampoco intenta construir la figura distante del poeta que observa el sufrimiento desde una altura protegida.

Él entra en el poema con todo el cuerpo.

Ama, reclama, suplica, acusa, desea, espera, se contradice. Hay momentos en que su voz parece hablarle a una mujer concreta; en otros, parece dialogar con la soledad, la paciencia, el deseo, la locura o la muerte. Sus interlocutores cambian, pero la urgencia permanece.

Esa urgencia alcanza una intensidad particular en Thanatos y Eros. El título no es solamente una referencia clásica a las fuerzas del amor y de la muerte. En Álex, ambas pulsiones conviven, se buscan y se desafían. El deseo es una manera de saberse vivo, pero también una forma de acercarse a la desaparición. El abrazo protege y amenaza. El cuerpo amado puede convertirse en casa, prisión, salvación o precipicio.

Al releer ahora poemas como «Antes que partas», «Moriré solo», «Nunca te irás» o «La más pequeña de las muertes», resulta difícil escapar de una lectura marcada por su fallecimiento. La muerte modifica retrospectivamente las palabras. Hace que un verso escrito años atrás parezca una advertencia o una despedida.

Pero debemos resistir esa tentación.

Álex no escribió estos poemas para anunciar su final. Los escribió porque la muerte ha acompañado siempre a la poesía, incluso cuando el poeta cree estar hablando solamente del amor. Leer toda su obra desde la noticia de su muerte sería reducirla. La intensidad de esos textos existía antes de la tragedia y debe continuar existiendo más allá de ella.

Su poesía no es valiosa porque Álex haya muerto joven.

Es valiosa porque en ella construyó una voz reconocible, capaz de unir el lenguaje cotidiano con la exaltación amorosa, la ironía con el desamparo, el erotismo con la conciencia del tiempo. Una voz que no ocultó sus excesos, porque precisamente en ellos encontraba su energía.

Álex dijo alguna vez que en la poesía había encontrado una forma de equilibrar el karma. La frase podría servir como una llave para entrar en estos libros. Para él, escribir versos no era un ornamento añadido a su trabajo narrativo. No era un descanso entre novelas policiales o relatos de ciencia ficción. Era un mecanismo de equilibrio interior.

Tal vez en la narrativa pudiera construir mundos, crímenes, futuros y conspiraciones. En la poesía debía comparecer él mismo.

Allí no había personajes que pudieran protegerlo.

En estos libros encontramos a un hombre que busca amor mientras sospecha de él; que desea permanecer, pero contempla constantemente la partida; que intenta salvar a los otros mientras no siempre sabe cómo salvarse. La poesía se convierte entonces en confesión, máscara, exorcismo y resistencia.

También hay humor e ironía. Álex podía burlarse de sus propios arrebatos, convertir una escena cotidiana en una pequeña disputa filosófica o introducir términos científicos dentro del poema sin que resultaran ajenos a la emoción. Su formación farmacéutica, su experiencia como investigador y su vínculo con la literatura especulativa dejaron huellas en su manera de imaginar. En sus versos aparecen relojes, mecanismos, campos de batalla, mapas, mitocondrias, fórmulas, diagnósticos y criaturas simbólicas.

El lenguaje del amor convive con el vocabulario de la ciencia y con las sombras de la literatura fantástica.

 

Esa mezcla le permitió crear una poesía singular, a veces irregular, pero siempre reconocible. Álex no buscaba la perfección fría del poema cerrado. Prefería el movimiento, la conversación, la insistencia. Muchos de sus textos parecen escritos para ser dichos en voz alta, enviados a alguien, leídos como una carta o entregados como una ofrenda.

Sus poemas necesitan un destinatario. Incluso cuando ese destinatario no responde.

Quizás por eso su obra adquiere ahora una dimensión tan dolorosa. Nosotros somos, de alguna manera, los destinatarios que permanecen. Él ha enviado los poemas y ya no podrá saber qué hacemos con ellos.

Esta edición responde a esa responsabilidad.

Después de su muerte, me descubrí diciendo que me había quedado con sus libros. La frase nació del desconcierto. Miré los archivos, las cubiertas, las ediciones anteriores, los mensajes y los proyectos pendientes. Comprendí que poseer esos documentos no significaba que me pertenecieran. Significaba que debía cuidarlos.

Un editor trabaja siempre con algo que no le pertenece.

Acompaña una voz, le ofrece una forma material, corrige sin intentar sustituir al autor y prepara el libro para que pueda salir al mundo. Cuando el escritor muere, esa tarea se vuelve más delicada. Ya no existe la posibilidad de preguntarle por una palabra dudosa, confirmar un cambio o discutir el orden de los poemas. El editor debe aprender a detenerse. Debe saber que respetar un texto también consiste en no tocarlo.

Por eso hemos conservado estos tres libros como fueron concebidos. Hemos corregido únicamente los errores evidentes propios de la composición y la maquetación, sin modificar el estilo, la sintaxis ni las decisiones expresivas de Álex. También hemos mantenido los prólogos que acompañaron las primeras ediciones, porque forman parte de la recepción inicial de cada cuaderno y del momento en que llegaron a los lectores.

El volumen incorpora, además, una nueva cubierta.

En ella aparece Álex con su larga melena, sus espejuelos y la mano apoyada bajo el rostro. No sonríe. Mira con la intensidad de quien parece desafiar al observador y, al mismo tiempo, interrogarse a sí mismo. Esa fotografía contiene algo de su literatura: la oscuridad, la inteligencia, la provocación y una vulnerabilidad que no se entrega a primera vista.

No hemos querido convertirlo en una figura solemne e inmóvil.

Álex no era una estatua.

Era un hombre que trabajaba, discutía, investigaba, escribía, corregía y enviaba mensajes preguntando por sus libros. Murió a los cincuenta y dos años, cuando su obra continuaba creciendo y todavía había mucho por escribir.

Este libro no intenta clausurarla.

Tampoco pretende establecer una poesía completa. Reúne los tres cuadernos publicados por Editorial Primigenios entre 2020 y 2021. Otro manuscrito, Vaudeville, tendrá una edición independiente, porque debe conservar su identidad y recibir el cuidado particular que exige una obra póstuma.

Aquí están los libros que Álex alcanzó a organizar, revisar y entregar a los lectores.

Al reunirlos, puede observarse una continuidad que quizás no resultaba tan visible cuando aparecieron por separado. De un libro a otro cambian las circunstancias, las imágenes y ciertos tonos, pero persisten algunas preguntas: cuánto tiempo puede esperar un hombre, qué parte de nosotros permanece en quienes amamos, cómo se sobrevive a la ausencia y de qué manera la palabra consigue retrasar, aunque sea por un instante, la llegada del silencio.

Yo tampoco sé responderlas.

Mientras escribo estas páginas, la muerte de mi madre continúa demasiado cerca. El último mensaje de Álex unió nuestros dolores sin que ninguno de los dos supiera lo que estaba por ocurrir. Él me dio el pésame y habló de la enfermedad de su madre. Yo le debía una respuesta sobre un cuaderno.

Ahora intento responderle con este libro. No es la respuesta que esperaba.

No puedo decirle cuándo estará lista la edición, enseñarle la cubierta ni preguntarle si aprueba el orden de una página. Solo puedo hacer lo que me corresponde: cuidar los poemas, reunirlos y entregarlos nuevamente a los lectores.

Hablar ahora de sus libros es hablar de lo que queda cuando alguien se ha ido. Quedan las palabras. Quedan las fechas de los mensajes. Quedan los archivos con nombres provisionales. Quedan las fotografías. Queda una pregunta sin responder en una conversación que ya no puede continuar. Pero también queda la poesía.

Y mientras alguien abra este libro, lea uno de sus versos y reconozca en él una emoción propia, Álex volverá a entrar, por un instante, en el territorio de los vivos.

Quizás esa sea la verdadera tarea de una edición póstuma: no levantar un monumento, sino mantener abierta una puerta.

Álex Padrón se ha ido. Sus libros permanecen. Y nosotros, al leerlos, seguimos conversando con él.

 

Eduardo René Casanova Ealo

Miami, 24 de julio del 2026

Comentarios

Entradas populares de este blog

  La cola de Lola Nuris Quintero Cuellar   A mí sí que no me van a comer los perros, dijo la anciana no tan desvencijada pero agresiva. Tenía un pañuelo en la cabeza o más bien una redecilla negra que disimulaba un poco la calvicie y el maltrato de los años. Achacosa esclava de la máquina de coser y doliente de una voz casi nula. Como toda señora marcada por el quinto infierno, soledad y otros detalles del no hay y el no tengo, llevaba la desconfianza tatuada en los ojos. Miembro mayor de una familia rara, corta, disfuncional. Unos primos en el extranjero y cuatro gatos distantes al doblar de su casa. Familia de encuentros obligados en la Funeraria pero fue deseo de su sobrina Caro, contemporánea con ella regresar a Cuba. Vivir lo mucho o lo poco que depara la suerte en la tierra que la vio nacer. Gozar la tranquilidad de no sentirse ajena. Esa decisión preocupó sobremanera a la pirámide absoluta y el día de los Fieles Difuntos, no fue al cementerio. Nadie la vio por tod...
  Verónica vence el miedo   Manuel Eduardo Jiménez   Verónica es una jovencita de 18 años. Ella y su novio llevan ya 17 meses juntos. La relación ha sido afectiva en todo momento, claro, con sus altas y sus bajas como suele ocurrirle a la mayor cantidad de parejas. En las últimas dos semanas Verónica no es la misma, no sabe que le sucede a su cuerpo. Se siente agotada, cree que no puede con el cansancio que le da de momentos. Los deseos de vomitar no se le quitan cada vez que intenta comer algo. Piensa ser demasiado lo que tiene arriba. Y en realidad quiere ir al médico, pero teme solo algo, estar embarazada. No quiere platicar con nadie, su madre aprecia su hija un tanto rara, pero no logra entender lo que ocurre… Camilo, su novio, interrumpe la conversación cuando ella empieza a contarle a su amiga lo que pasa. Unas horas antes llegó con un test rápido de embarazo, entonces no quedaba más remedios que contarle a su amiga lo sucedido y esperar el resultado ...
  Maldita circunstancia Alberto Guerra Naranjo                                                       Sobre olas de cinco metros, El vikingo intentaba saltar como nunca. Pretendía, ante la mirada inquisitiva del grupo, que su tabla lo acompañara orgánica, ligera, natural, en su salto de trescientos sesenta grados. Y para lograrlo, El vikingo calculó la mejor de las olas, como si fuera un auténtico nativo de Hawái, antes de que llegara James Cook a exterminarlos. Nadó cauteloso, agazapado, tomó impulso, se paró sobre su tabla y saltó, como mismo debieron hacer los hawaianos, varios siglos atrás, para caer sobre ese inglés. Minutos antes, El vikingo conversaba con el grupo. Discutían. Desde que lo habían descubiert...