¿Quién fue Pata Seca?
Hay personajes que uno inventa.
Y hay personajes que encuentran al escritor.
Durante varios meses estuve inmerso en la escritura de La noche del flamboyán. Como suele ocurrirme cuando escribo una novela, terminé leyendo mucho más de lo que necesitaba. Buscaba un hilo. Mi propio hilo de Ariadna en aquel laberinto donde intentaba enlazar las páginas perdidas del diario de campaña de José Martí con la historia de Carlos Camilo. Leía sobre Cuba, sobre América Latina, sobre guerras, memorias y olvidos.
Y entonces apareció él.
No lo estaba buscando.
Ni siquiera sabía que existía.
Era apenas una referencia perdida entre documentos, leyendas y relatos sobre la esclavitud en Brasil. Un nombre extraño. Casi imposible de olvidar.
Pata Seca.
La historia decía que había existido un esclavo gigantesco, un hombre de fuerza extraordinaria, obligado por sus dueños a engendrar más de doscientos hijos para aumentar el patrimonio de la hacienda. No encontré una biografía. Encontré una frontera donde la historia y la leyenda se confundían. Y justamente allí comenzó mi novela.
Aquella madrugada apenas pude dormir.
Todavía hoy no sé si fue un sueño o esa región misteriosa donde la imaginación empieza a trabajar antes que la conciencia. Viajé al ingenio. Caminé entre los cañaverales. Escuché el ruido de los machetes. Entré en una choza donde una anciana llamada Anastasia parecía esperarme desde hacía siglos. Vi una enorme piedra cubierta de antiguos signos grabados. Crucé la selva. Sentí la respiración del río. Y, por un instante, tuve frente a mí a Yaci, con la belleza y la tristeza de quienes nacieron en un mundo que otros decidieron conquistar.
Cuando desperté comprendí que ya era demasiado tarde.
La novela había comenzado a escribirse sola.
Durante los meses siguientes conviví con Pata Seca como se convive con alguien de la familia. Caminaba conmigo. Se sentaba a mi lado mientras corregía una página. A veces me despertaba de madrugada para cambiar un diálogo. Otras veces permanecía varios días en silencio, como negándose a continuar hasta que yo entendiera algo que todavía no había aprendido.
Muy pronto comprendí que no quería escribir la historia del gigante de la leyenda.
Quería escribir la historia del hombre.
Por eso decidí darle un nombre antes del apodo.
Roque José Florêncio.
Porque la esclavitud comienza arrebatando el nombre. Y la literatura, cuando puede, intenta devolverlo.
El Pata Seca de esta novela no pretende ser una reconstrucción histórica de aquel personaje legendario. Es una obra de ficción inspirada en una historia que me encontró cuando yo buscaba otra muy distinta. Conservé el apodo porque pertenece a la memoria popular brasileña, pero el hombre que habita estas páginas nació, sobre todo, de una pregunta que me acompañó durante toda la escritura:
¿Qué queda de un ser humano cuando le han robado casi todo?
Quizá esa sea, en el fondo, la única pregunta que esta novela intenta responder.
Eduardo René Casanova

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