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¿Quién fue Anastasia?

Hay una verdad que a los escritores nos cuesta reconocer.

Ningún personaje nace completamente solo.

Todos cargamos, de una forma u otra, con las voces de otros escritores. Hay personajes que leímos hace treinta o cuarenta años y que, aunque creamos haberlos olvidado, continúan viviendo en algún rincón del subconsciente, esperando el momento de regresar bajo otro rostro y con otro nombre.

Mientras escribía Pata Seca intenté no pensar en ellos.

Quería que Anastasia naciera únicamente de la novela. Que su voz fuera suya y de nadie más. Pero escribir también es descubrir aquello que uno no sabía que llevaba dentro.

Anastasia terminó convirtiéndose en uno de los personajes más importantes del libro.

No porque ocupe muchas páginas, sino porque sostiene buena parte de su arquitectura espiritual.

Ella es el puente entre la magia y la realidad.

Entre la memoria africana y el Brasil esclavista.

Entre el mundo del ingenio y la selva.

Entre el miedo y la esperanza.

Es también el vínculo silencioso entre el viejo Guilherme, padre del dueño de la hacienda, y el destino de Roque José Florêncio, a quien todos conocen como Pata Seca.

Muchos personajes de la literatura universal dejaron alguna huella en ella. Sería imposible negarlo. Pero si tuviera que señalar una presencia que me acompañó durante la escritura, diría, sin vacilar, que fue Pilar Ternera, aquella mujer inolvidable de Cien años de soledad.

No porque Anastasia se parezca a Pilar.

No se parecen.

Pertenecen a épocas distintas, a geografías distintas y cumplen funciones diferentes dentro de sus respectivas novelas.

Lo que heredó de ella fue otra cosa.

La autoridad silenciosa.

La capacidad de comprender el corazón humano sin necesidad de hacer preguntas.

Ese extraño don de ver más lejos que los demás.

Y, sobre todo, esa manera de habitar la novela como si hubiera estado allí desde antes de que comenzara la historia.

Sin embargo, Anastasia terminó escapando de todas sus influencias.

Fue encontrando su propia voz.

Su propio silencio.

Su propia forma de amar.

Hay un momento en que los personajes dejan de obedecer al escritor.

Empiezan a tomar decisiones.

A decir frases que uno no había previsto.

A caminar por lugares que nunca estuvieron en el plan inicial.

Con Anastasia ocurrió exactamente eso.

Llegó un momento en que dejó de ser un personaje inspirado por mis lecturas para convertirse en una mujer que parecía conocer el destino de todos, incluso el mío mientras escribía la novela.

Y entonces comprendí que ya no me pertenecía.

Pertenecía a Pata Seca.

Y, desde ahora, pertenece también a quienes entren en sus páginas.

Eduardo René Casanova

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