La guerra no
termina cuando callan los fusiles
Mata es una
novela de guerra, pero no responde al modelo de la novela bélica que suele
levantar banderas, ordenar héroes y repartir certezas. Raúl Aguiar entra en
otro territorio: el de un muchacho cubano lanzado a Angola, lejos de su ciudad,
de sus amigos, de sus amores y de la vida que imaginaba para sí mismo.
Orlando, el
Poeta, no llega a la guerra con una vocación militar ni con la fe de quien ha
aceptado una misión histórica. Llega con el miedo de quien sabe que puede
morir. Lleva consigo recuerdos, canciones, deseos, discusiones de juventud, una
mujer llamada Betty, amigos de La Habana y la conciencia fragmentada de alguien
que intenta entender qué hace, de pronto, en medio de un país desconocido, con
un fusil entre las manos y la muerte respirándole cerca.
Raúl Aguiar
no escribe desde la distancia de los partes oficiales. Su novela no necesita
discursos para revelar el horror. Le basta con el cuerpo de un joven que
tiembla, que corre, que siente hambre, que se ensucia, que desea, que se culpa,
que intenta salvar a un compañero, que descubre que en la guerra las decisiones
morales no siempre encuentran una salida limpia.
La guerra
cubano-angolana ha sido narrada desde la épica, la propaganda, la memoria
personal y el silencio. Mata se instala en una zona más incómoda: la de
la conciencia individual. Allí donde las grandes palabras —internacionalismo,
deber, sacrificio, heroísmo— se enfrentan a la realidad concreta de un muchacho
que debe sobrevivir a una emboscada, cargar a un herido, decidir qué hacer
frente al dolor ajeno y seguir avanzando cuando ya no tiene fuerzas.
La escritura
de Aguiar posee una intensidad particular. El relato se mueve entre la acción
inmediata, los recuerdos, el delirio, el deseo y el miedo. La conciencia de
Orlando no avanza en línea recta: se quiebra, regresa, se distrae, se defiende.
Esa forma de narrar no es un artificio; es el modo exacto en que la guerra se
instala en alguien que todavía no ha terminado de ser adulto.
Hemingway
escribió que el escritor, cuando conoce verdaderamente aquello de lo que habla,
puede construir una invención más verdadera que los hechos. En Mata, esa
verdad no proviene de la exactitud documental, sino de la experiencia humana:
la sensación de fragilidad, la culpa del sobreviviente, el miedo a matar y a
ser matado, la imposibilidad de regresar intacto de un lugar donde la muerte
deja de ser una idea.
Angola
también forma parte de mi memoria.
La recuerdo,
primero, a través de un entierro sin cuerpo. En un batey cercano al central
azucarero donde transcurrió parte de mi infancia, la muerte de un oficial de la
reserva alteró aquella paz lenta del tiempo muerto. Había muerto lejos, en
Angola, al explotar su jeep en un camino. La casa se llenó de vecinos. La
viuda, vestida de negro, lloraba sentada cerca de una pared recién encalada
donde colgaba la fotografía ampliada del muerto. Durante años, esa imagen fue
mi primera idea de una guerra: un hombre ausente, una mujer de luto, una
fotografía tratando de ocupar el lugar de un cuerpo.
Mucho tiempo
después llegaron sus restos, guardados en una pequeña caja de metal. Hubo
banderas, discursos, salvas. Supongo que así terminan ciertas historias
oficiales: con un héroe convertido en ceremonia. Pero la guerra, lo sabemos,
nunca termina del todo en las ceremonias.
Mi otra
memoria de Angola tiene el rostro de mi hermano Julio.
Un día mi
madre me llamó desde nuestro pueblo. Hablaba nerviosa, conteniendo el llanto.
Mi hermano partía. A través de la estática del teléfono se escuchaban marchas
revolucionarias saliendo de los altoparlantes del parque. Después vinieron
meses de silencio, de espera, de cartas escritas con su letra menuda. En cada
una decía que estaba bien. Que no había peligro. Que todo marchaba como debía
marchar. Y nosotros queríamos creerle.
Julio
regresó. Vive hoy con su familia en Cuba. Pero durante aquellos meses comprendí
que la guerra no ocurre solamente donde caen las bombas. También ocurre en la
casa que espera una carta, en la madre que no duerme, en el hermano que imagina
lo peor y trata de escribir para no perderse.
Quizás por
eso esta novela me toca de una manera tan personal. Porque detrás de cada
uniforme hubo un hijo, una madre, una novia, un amigo, una casa que esperaba.
Porque muchos regresaron con heridas visibles y otros regresaron con una
experiencia que nunca pudieron explicar del todo.
Mata no busca
dictar una sentencia sobre la guerra. Tampoco pretende construir una leyenda.
Su fuerza está en mirar de frente a un joven colocado en una situación límite y
permitir que el lector lo acompañe mientras trata de conservar algo esencial:
la posibilidad de seguir siendo humano.
Esa es la
verdadera dimensión de la novela de Raúl Aguiar.
La guerra
obliga a los hombres a vivir entre el instinto y la conciencia, entre una orden
recibida y la voz interior que todavía les recuerda que cada vida tiene un
peso. Y aunque los fusiles callen, aunque pasen los años, algo permanece en
quienes regresan: una imagen, una voz, un cuerpo caído, una pregunta que nadie
pudo responder.
Porque la
guerra no termina cuando callan los fusiles.
A veces
continúa durante toda una vida.
Eduardo René
Casanova Ealo
Editorial
Primigenios

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