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El niño que lanzó un avión de papel hacia el alma

Hay libros que no llegan caminando. Llegan volando.

A veces entran por una ventana abierta, sin pedir permiso, como si trajeran en las alas el polvo de una infancia que creíamos guardada demasiado lejos. Llegan en forma de avión de papel, de burbuja, de luna llena, de gato que mira hacia el cielo, de almohada donde todavía caben las estrellas. Llegan así, con apariencia de juego, pero basta leer unas pocas páginas para entender que el juego, cuando es verdadero, también puede ser una manera profunda de tocar la vida.

Metamorfosis de un avión de papel, de Erasmo de los Ángeles Rondón Soto, pertenece a esa clase de libros que parecen escritos desde una habitación iluminada por la imaginación. Una habitación donde los objetos no obedecen del todo las leyes del mundo adulto. Allí un avión de papel puede escaparse por la ventana y convertirse en hipocampo, submarino, barco, farola o gaviota. Allí las horas pasan volando de verdad. Allí una casa puede transformarse en planetario. Allí una almohada no sirve solamente para dormir, sino para esconder semillas, edificios, cocuyos y estrellas. Allí una burbuja puede contener un viaje, una ciudad, una enfermedad, una fiesta o una nostalgia.

Pero este libro no es solo un catálogo de maravillas. Sería injusto leerlo únicamente como fantasía. En sus páginas hay algo más hondo: una forma limpia de mirar el miedo, la diferencia, la soledad, la guerra, la enfermedad, la pérdida, la familia y el misterio de crecer. Erasmo escribe para niños, sí, pero no desde la condescendencia del adulto que baja la voz para ser entendido. Escribe desde el respeto. Desde la certeza de que los niños entienden el mundo con una inteligencia que muchas veces los mayores han perdido.

Por eso sus cuentos no explican demasiado. Sugieren. Abren puertas. Dejan que el lector entre por su propia cuenta y descubra, detrás de cada imagen, una emoción secreta.

En “Muñeca de trapo”, por ejemplo, la guerra aparece sin discursos, sin proclamas, sin esa solemnidad con que a veces los adultos intentamos justificar lo injustificable. Un fusil, hecho para obedecer la muerte, descubre en los ojos de una niña algo más poderoso que la violencia. Y entonces ocurre la verdadera metamorfosis: el instrumento del daño se convierte en muñeca. Pocas imágenes pueden decir tanto con tan poco. Hay allí una ética, una ternura y una esperanza que no necesitan levantar la voz.

En “Las horas pasan volando”, el tiempo deja de ser una medida y se vuelve criatura. Vuela, se escurre, se transforma en globos, pájaros, paracaídas, mariposas. Y bajo esa belleza aparece el temblor de la enfermedad, el hospital, el golpe, la fragilidad de un niño que despierta a un mundo donde los adultos intentan protegerlo incluso de la verdad. El cuento, como los buenos cuentos infantiles, no evita la sombra; la ilumina.

En “El corazón de Alejandro”, acaso uno de los textos más delicados del volumen, la imaginación es también una forma de comunicación. Alejandro no mira el mundo como los otros. Tiene los ojos llenos de crayolas, témperas y un universo que solo él conoce. Sus padres, al principio, no saben cómo entrar en ese territorio secreto. Pero el dibujo los invita, los colores se desbordan, la casa se llena de rojo, verde, amarillo, naranja, y al final los tres terminan dentro de una misma revelación: el corazón de un niño también puede ser un país al que se llega por la pintura, por la paciencia y por el amor.

Este libro está lleno de esos pequeños países.

Un gato que viaja a la Luna. Una niña diminuta que cabe en la palma de una mano. Un niño que viaja dentro de una pompa de jabón y descubre que el mundo, visto desde arriba, no siempre es tan luminoso como parece. Burbujas que enferman de amor. Burbujas que hacen fiesta. Un cazador que, después de perseguirlas toda la vida, termina dejando escapar de sus ojos las últimas, como lágrimas.

Y uno comprende entonces que Erasmo no está escribiendo solamente sobre aviones de papel ni sobre burbujas. Está escribiendo sobre la fragilidad. Sobre aquello que vuela y puede romperse. Sobre lo que se eleva un instante y luego desaparece. Sobre la infancia como un territorio transparente, hermoso, vulnerable. Sobre esa parte de nosotros que alguna vez creyó que una hoja doblada podía convertirse en nave, y que una pompa de jabón podía llevarnos al otro lado del mundo.

Tal vez por eso Metamorfosis de un avión de papel merece una edición cuidada. Porque los libros para niños no deben tratarse como libros menores. Al contrario: son libros que tienen una responsabilidad mayor. En ellos puede empezar la relación de un lector con la belleza. En ellos puede nacer una memoria. En ellos puede quedarse, para siempre, una imagen que acompañe a alguien durante toda la vida.

Editorial Primigenios publica este libro con la alegría de quien recibe una criatura luminosa. Una criatura hecha de papel, de aire, de agua, de sueño y de palabras. Un libro breve, sí, pero no pequeño. Porque hay libros que no necesitan muchas páginas para levantar vuelo. Les basta una ventana abierta, una mano infantil, un poco de viento y la convicción de que la imaginación todavía puede salvar algo del mundo.

Quizás todos fuimos alguna vez ese niño que dobló una hoja sin saber muy bien qué estaba construyendo. Quizás todos lanzamos alguna vez un avión de papel hacia un sitio imposible. Y quizás, si tenemos suerte, ese avión regrese un día cargado de recuerdos, de historias, de mares, de lunas, de burbujas, de peces y de estrellas.

Este libro es, de algún modo, ese regreso.

Un avión de papel que vuelve sin miedo.

Y trae en sus alas la infancia.

Eduardo René Casanova Ealo

Editorial Primigenios

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