Los ojos de la verdad sobre las ruinas de Paraguay
A propósito de la novela Paraguay, de David Martínez BalsaNo sé por qué se me hace necesario hablar de esta novela mientras escucho *The Eyes of Truth*, de Enigma. No lo sé, aunque lo sospecho.
Quizás hay libros que no deben leerse en silencio. Libros que exigen una música grave detrás de las palabras, una respiración antigua, una letanía capaz de levantar el polvo de los caminos y hacer que los muertos se incorporen, no para espantarnos, sino para mirarnos. Para sostenernos la mirada. Para preguntarnos qué hemos hecho con su memoria.
La música avanza y parece provenir de un templo sin paredes. Hay voces que llegan desde un sitio remoto, como si atravesaran los siglos; tambores de una marcha que no sabemos si conduce hacia una batalla, una ceremonia o un sacrificio. Y entonces pienso en Paraguay, la novela de David Martínez Balsa. Pienso en sus mujeres, en sus niños, en sus soldados heridos, en sus ancianos armados con lo poco que les queda. Pienso en Cerro Corá. Pienso en una nación entera retrocediendo hasta el último claro del bosque, no porque todavía crea posible la victoria, sino porque ya no encuentra detrás de sí ningún lugar hacia donde continuar retrocediendo.
La novela comienza cuando la historia parece haber terminado.
Es 1870. La Guerra de la Triple Alianza alcanza sus últimos días. Paraguay se ha enfrentado a Brasil, Argentina y Uruguay, y lo que queda del país no es exactamente un ejército, sino una multitud de sobrevivientes fatigados: ancianos, mujeres, adolescentes, niños, cuerpos hambrientos que llevan fusiles desgastados, lanzas, machetes, herramientas de labranza y una voluntad que nadie ha conseguido todavía desarmar.
No esperan vencer. Esperan, simplemente, que el enemigo llegue.
Y en esa espera está una de las verdades más terribles de esta novela: hay momentos de la historia en que un pueblo deja de luchar por la victoria y comienza a luchar para que su derrota no pueda confundirse con una rendición.
David Martínez Balsa no entra en la Guerra de la Triple Alianza desde los grandes salones de la diplomacia. No se limita a mover sobre el mapa las fronteras, las divisiones militares, los intereses económicos o las ambiciones de los gobernantes. Desciende hasta las casas. Abre sus puertas. Se acerca a las mesas donde ya casi no queda comida. Entra en los dormitorios donde las niñas se despiertan al escuchar el cañoneo. Camina por las calles cubiertas de sangre y por los hospitales en los que los heridos esperan una salvación que también ha sido sitiada.
En *Paraguay*, la guerra no es solamente el movimiento de los ejércitos. Es la desaparición de los muchachos de una aldea. Es una madre que mira a sus hijas y comprende que ya no puede protegerlas. Es un anciano que esconde un cuchillo bajo la ropa porque ese pequeño fragmento de acero es toda la seguridad que le queda. Es el hambre. Es la pérdida del hogar. Es el miedo de ser mujer en un territorio donde el enemigo ha dejado de reconocer cualquier límite. Es, sobre todo, la destrucción sistemática de la inocencia.
Por eso Celeste aparece ante nosotros como aparece: caminando hacia una casa en busca de unos panes viejos, vestida de oficial, con el cabello recogido, llevando sobre el cuerpo adolescente la apariencia de un muchacho. El dueño de la vivienda la observa sin comprender del todo quién está frente a él. Ve un militar demasiado joven, de facciones delicadas, casi infantiles. No sabe todavía que está contemplando a una muchacha que ha tenido que morir varias veces para continuar viviendo. Celeste es uno de esos personajes que no se limitan a participar en una novela. La atraviesan.
Es un cuerpo en el que la historia ha escrito con violencia. Una muchacha de catorce años que vio morir a su padre, a su madre y a su hermana. Una niña ultrajada hasta quedar separada de sí misma, inmóvil entre los cadáveres de su familia, sin saber ya quién era ni qué significado podía tener la palabra futuro.
Cuando el coronel Zaldívar la encuentra, Celeste no es todavía la oficial que veremos avanzar hacia Cerro Corá. Es apenas una criatura detenida en el interior de su propio horror. Zaldívar le ofrece una mano y una frase que termina convirtiéndose en una de las columnas morales de la novela:
"Entonces de pie, paraguaya, que la justicia nunca está de rodillas".
No es una frase decorativa. No es una consigna añadida para producir emoción. En ella se encuentra la transformación del personaje. Celeste se levanta, pero no regresa a la muchacha que era antes de la tragedia. Esa muchacha ha desaparecido. La que se pone de pie es otra. Una mujer nacida de las ruinas de la niña.
La guerra suele apropiarse de las palabras más nobles. Habla de honor, patriotismo, deber y gloria. Pero David Martínez Balsa procura devolver esas palabras al territorio humano. La gloria, en esta novela, no consiste en las charreteras ni en las estatuas que puedan levantarse después. La gloria está en compartir unos panes endurecidos. En no abandonar a un herido. En cubrir el cuerpo de una muchacha. En reconocer como hermano a un desconocido porque lleva la misma patria en la sangre.
Celeste llega a Cerro Corá buscando a Zaldívar, el hombre que la rescató, la levantó y la devolvió a alguna forma posible de existencia. Ella lo reconoce de inmediato. Él, en cambio, parece haberla olvidado. Pero quizás Zaldívar no la ha olvidado.
Quizás ha visto demasiados rostros destruidos por la guerra. Demasiadas casas incendiadas. Demasiados niños transformados en soldados. Quizás el hombre que una vez extendió la mano a Celeste tampoco existe ya completamente.
En uno de los momentos más reveladores de la novela, Zaldívar explica que la guerra le arrebató aquello que lo hacía ser Marcos Zaldívar. Lo que quedó fue el coronel: el militar endurecido, el hombre resistente a las espadas y las balas, aquel a quien llamaron "el comandante de las mil heridas".
Esa distinción es fundamental. Marcos es el hombre. Zaldívar es la armadura. Y la guerra necesita armaduras porque los hombres, por sí solos, no soportarían lo que deben contemplar.
Celeste y Zaldívar se encuentran entonces no como dos seres intactos, sino como dos sobrevivientes incompletos. Ambos han perdido algo que no puede recuperarse. Ella perdió a su familia y a la niña que fue. Él perdió el nombre íntimo, la identidad anterior al uniforme, el derecho a sentirse solamente un hombre.
Entre ellos no existe un amor fácil ni una gratitud sencilla. Hay algo más profundo: el reconocimiento de dos personas que llevan dentro la misma destrucción.
El vínculo que los une no está construido desde la tranquilidad, sino desde la proximidad de la muerte. Se buscan cuando el tiempo ya casi no existe. Se reconocen mientras el enemigo se acerca. Y quizás por eso todo gesto adquiere una dimensión mayor. Una conversación, una partida de ajedrez, una mano sobre el hombro: actos pequeños que ocurren al borde de la desaparición y que, por esa razón, contienen toda la vida que los personajes no podrán vivir.
La partida de ajedrez entre Celeste y Zaldívar resulta especialmente significativa. Sobre el tablero, el rey se encuentra acorralado. Cualquier movimiento conduce al final. El coronel examina las piezas, comprende que no hay escapatoria y derriba voluntariamente su rey.
Es difícil no ver en esa escena una representación de Paraguay. Un país acorralado. Un rey sin casillas. Un ejército sin refuerzos.
Una nación que conoce de antemano el resultado de la partida, pero que aun así obliga al adversario a completar cada movimiento.
En esta novela nadie desconoce lo que ocurrirá en Cerro Corá. La historia ya ha dejado escrita la fecha. El lector sabe que el primero de marzo de 1870 no será una jornada de victoria. Sabe que las fuerzas paraguayas serán aniquiladas, que Francisco Solano López morirá, que los sobrevivientes serán capturados y que los cadáveres cubrirán el campo. Pero conocer el desenlace no disminuye la tensión. La aumenta.
Porque no leemos para descubrir quién ganará la guerra. Leemos para saber qué hará cada personaje cuando comprenda que no puede ganarla. Ahí se mide la verdadera estatura de los seres humanos.
No cuando la esperanza garantiza una recompensa, sino cuando toda recompensa ha desaparecido.
Paraguay es una novela sobre una guerra, pero también es una reflexión sobre la identidad. Cuando todo se pierde, ¿qué queda de una persona? Cuando han incendiado la casa, asesinado la familia, violado el cuerpo, destruido las ciudades y reducido el país a un campamento de espectros, ¿qué significa todavía decir: soy paraguayo?
La respuesta de la novela no es política, al menos no únicamente.
Ser paraguayo, dentro de estas páginas, es continuar reconociendo al otro. Es decirle a una niña destruida: tú eres mi hermana. Es compartir el hambre. Es permanecer junto al herido. Es negarse a entregar la dignidad, incluso cuando ya se han entregado las armas, las ciudades y la posibilidad de vencer.
La patria no aparece aquí como un discurso pronunciado desde un balcón. Es algo más humilde y más feroz. La patria es el último vínculo entre personas a las que les han quitado todo lo demás.
Por eso la presencia de las mujeres resulta esencial. No se encuentran en la periferia de la historia. No esperan pasivamente el regreso de los hombres. La guerra ha entrado en sus casas, ha ocupado sus cuerpos y las ha empujado hasta la línea de fuego.
Celeste se disfraza de hombre para sobrevivir, pero su fuerza no proviene de negar que es mujer. La novela lo deja claro desde su primer capítulo. Cuando José Antonio, asombrado, le dice que es una mujer, ella señala los cadáveres de los agresores y responde:
Y ellos eran hombres.
En esa frase se derrumba toda una arquitectura de superioridades.
El uniforme, el sexo, la fuerza física y la autoridad militar no han impedido que los hombres se conviertan en bestias. Tampoco han impedido que una mujer los derrote.
La guerra revela que las categorías con las que se organizaba el mundo anterior han dejado de funcionar. En Cerro Corá ya no importa quién posee la edad reglamentaria, quién es hombre, quién es mujer, quién era campesino y quién tuvo rango. Importa quién permanece. Quién sostiene el arma. Quién ayuda a levantar al que ha caído.
Hay en la novela una frase que resume esa disolución de las viejas diferencias: allí no se mira la estatura ni lo que alguien tiene entre las piernas. Se mira la disposición y la sinceridad con la causa.
Puede discutirse, naturalmente, la naturaleza de esa causa. Puede discutirse a Solano López, su responsabilidad, sus decisiones y el sentido de prolongar una guerra condenada. Toda novela histórica que se respete debe dejar espacio para esas preguntas. Pero David Martínez Balsa parece interesado en algo que existe más allá del juicio a los gobernantes: el precio que pagan los pueblos por las decisiones tomadas sobre sus cabezas.
Los dirigentes declaran las guerras. Los pueblos ponen los cadáveres. Las fronteras se dibujan sobre mapas, pero la tinta utilizada para fijarlas proviene de cuerpos humanos.
Y quizás esa sea una de las razones por las que "The Eyes of Truth" continúa sonando en mi cabeza mientras escribo sobre esta novela. Hay algo en esa música que no pertenece a una sola cultura ni a un único tiempo. Sus voces parecen preguntar quién posee la verdad. Quién tiene derecho a contar lo ocurrido. Quién decide qué muerte fue heroica y cuál puede ser olvidada.
La historia oficial suele llegar después de la batalla, cuando la sangre ha secado y los vencedores pueden ordenar los hechos para que se parezcan a la versión que necesitan. La literatura hace otra cosa. La literatura vuelve a humedecer la sangre. Devuelve nombre al cadáver. Abre la fosa común y nos obliga a distinguir un rostro de otro.
En las últimas páginas de la novela, Cerro Corá queda cubierto de muertos. Los soldados aliados separan los cadáveres de los suyos, mientras los paraguayos son destinados a una fosa colectiva. Entre aquella alfombra de cuerpos, una joven de quince años permanece con vida. Tiene una rodilla destrozada, ha perdido sangre, pero todavía consigue arrastrarse hasta el cadáver de Zaldívar y unir su mano con la de él. Nadie la ve. Pero la novela sí. Y eso es, quizás, lo más importante. La literatura ve lo que los ejércitos no ven. Ve a la muchacha entre los muertos. Ve la mano que busca otra mano cuando todo ha terminado. Ve a los que fueron reducidos a cifras y los devuelve al mundo como seres humanos.
Por eso Paraguay no es únicamente una novela sobre una derrota militar. Es una obra sobre la obstinación de la memoria. Sobre la necesidad de mirar aquello que muchas veces la historia prefiere contemplar desde lejos.
David Martínez Balsa no escribe para absolver la guerra ni para embellecerla. Escribe para penetrar en su oscuridad y rescatar, desde allí, ciertos resplandores humanos. La solidaridad. La resistencia. El amor que apenas alcanza a pronunciarse. La dignidad de quien se pone de pie aun sabiendo que volverá a caer.
Al terminar el libro, no pienso solamente en Paraguay como nación. Pienso en todos los pueblos que han sido obligados a sobrevivir a su propia desaparición. En las comunidades devastadas que, décadas después, todavía cargan la guerra en los apellidos, en los silencios familiares, en las tumbas sin nombre. Pienso también en Celeste.
Su nombre significa el color del cielo, pero ella camina casi toda la novela bajo un cielo ennegrecido por el humo. Quizás ahí radique la belleza dolorosa del personaje. Celeste conserva en el nombre aquello que la guerra intenta arrebatarle: la posibilidad de que exista algo por encima de la destrucción. No una esperanza ingenua. No la promesa de que todo saldrá bien. Una esperanza más humilde: la certeza de que alguien verá. Que alguien contará.
Que alguien, muchos años después, abrirá un libro, escuchará una música extraña y sentirá que esos muertos todavía tienen algo que decir. "The Eyes of Truth" continúa sonando.
Cierro los ojos y veo el bosque. Los cerros al fondo. Los uniformes desgarrados. Las mujeres sosteniendo fusiles demasiado pesados. Los niños convertidos en soldados antes de haber aprendido a ser niños. Veo a Zaldívar derribar su rey sobre el tablero. Veo a Celeste arrastrándose entre los cadáveres. Veo dos manos que se unen cuando ya nadie espera que ocurra ningún milagro.
Y comprendo entonces por qué necesitaba esa música. Porque "Paraguay" no pide una canción de victoria. Pide una música para los que resistieron sin vencer. Una música para las casas quemadas.
Para las madres. Para las niñas. Para los soldados de las mil heridas.
Para una nación que llegó al final de la historia y, aun desde allí, se negó a desaparecer por completo. La verdad tiene ojos. Algunas veces son los ojos de quienes vencen y observan desde lo alto del caballo. Otras veces son los ojos de una muchacha herida, tendida entre los muertos, que todavía consigue ver el cielo. Yo prefiero creer en esos últimos. En los ojos de Celeste. En los ojos que la literatura mantiene abiertos cuando la historia decide cerrarlos.
Terminé de leer "Paraguay". Afuera comenzaba a caer el primer aguacero de julio. Cerré el libro, pero no pude cerrar todo lo que había quedado abierto dentro de mí: los cuerpos sobre Cerro Corá, la mano de Celeste buscando la de Zaldívar, aquel país entero arrastrándose entre sus muertos para no desaparecer. Y entonces me puse a llorar, como un viejo inútil bajo la lluvia, sin saber si lloraba por ellos, por la novela, por las patrias perdidas o por todas las cosas que uno ha sobrevivido y que regresan, de pronto, escondidas dentro de un libro. Lloré mientras sonaba "The Eyes of Truth". Y por unos minutos no fui editor, ni escritor, ni hombre acostumbrado a las pérdidas. Fui solamente un lector bajo el primer aguacero de julio.
julio 14 del 2026

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