¿Cuándo comprendí que estaba escribiendo una novela importante?
Todo escritor honesto escribe pensando que sus libros son importantes. Al menos importantes para él.
Después, cuando los termina, cuando pasan los días y el libro empieza a caminar fuera de la mesa donde fue escrito, llega otra pregunta mucho más difícil: ¿será también importante para otros?
Todavía es muy temprano en el universo de Pata Seca para responder eso. Ojalá lo sea. Ojalá encuentre lectores capaces de entrar en su mundo y escuchar lo que sus personajes tienen que decir.
Pero sí hubo un momento en que comprendí que aquella novela estaba creciendo más allá de mí.
En esos meses Pata Seca no era todavía un libro. Era un bulto de hojas, notas, audios, artículos abiertos en la computadora y en el teléfono. Yo iba muy temprano al gimnasio, casi siempre a las cinco de la mañana, y mientras caminaba en la máquina empezaban a visitarme los personajes.
Anastasia.
Cutié.
Yaci.
La abuela de la tribu.
El misionero.
Y, por supuesto, Roque José Florêncio, el hombre al que todos llamaban Pata Seca.
No era una visita tranquila. Discutían. Se contradecían. Pedían espacio. A veces una frase de Anastasia me obligaba a cambiar una escena completa. Otras veces Cutié aparecía con una frialdad que yo mismo no esperaba. Yaci traía otra forma de silencio. El misionero traía la culpa. La abuela de la tribu traía el monte.
Mientras más crecía ese volumen de diálogos, confesiones, vericuetos y pasajes, más fuerte era la sensación de que estaba creando una historia que ya no me pertenecía del todo.
Y junto con esa sensación venía la duda. Siempre la duda. ¿Podré con todo esto? ¿Podré sostener esta novela sin que se me desborde? ¿Podré hacer justicia a una historia nacida de la violencia, pero que no quería quedarse solamente en la violencia?
Si recuerdo bien, hubo un fragmento decisivo.
Fue cuando escribí la escena en que el joven Pata Seca es llevado a consultar con Anastasia por su “ineficiente” desempeño en la preñez de las esclavas que obligaban a pasar por el cuarto sin nombre.
Aquella escena me estremeció. No por lo que decía de la esclavitud. Sino por lo que revelaba del cuerpo humano cuando deja de pertenecerse.
Allí comprendí que la novela no iba a tratar solamente sobre un esclavo forzado a engendrar hijos para su amo. Iba a tratar sobre algo mucho más profundo: la lenta recuperación de un hombre al que le habían robado incluso la posibilidad de entender su propio deseo.
Anastasia, en esa escena, no era una curandera. Era una conciencia. Era la primera persona que miraba a Pata Seca no como instrumento, no como semental, no como propiedad, sino como ser humano herido.
Creo que en ese momento empecé a sospechar que Pata Seca podía llegar a tocar a muchos lectores algún día. No porque fuera una novela perfecta. Ninguna novela lo es. Sino porque había encontrado una pregunta verdadera.
Y cuando una novela encuentra una pregunta verdadera, ya no se escribe solamente con oficio. Se escribe también con miedo, con respeto y con una especie de obediencia rara hacia algo que parece venir de más lejos que uno mismo.
Tal vez eso sea lo más cercano que un escritor puede sentir a la importancia de un libro mientras todavía lo está escribiendo.
No la certeza del triunfo.
No la vanidad del resultado.
Sino esa inquietud profunda de estar caminando junto a personajes que, de pronto, empiezan a saber más que su propio autor.
Eduardo René Casanova Ealo

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