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Sostener la luz

 

Hay libros que uno publica y hay libros que uno acompaña hasta la puerta de la muerte.

Oscuras preguntas sobre el vuelo de los pájaros pertenece a esa segunda especie. No llegó a mis manos como llegan los manuscritos habituales, con la respiración inquieta de un autor que espera una respuesta, una corrección, una cubierta, una fecha de publicación. Llegó desde otro sitio. Llegó con el silencio definitivo de Misael Aguilar Hernández, muerto en marzo de 2023, y con esa extraña responsabilidad de quien debe tocar los papeles de un hombre que ya no puede defenderlos, corregirlos, explicarlos ni agradecer que alguien los haya salvado del olvido.

Ahora vuelvo a este libro. Lo publiqué una vez en Amazon, pero siento que no basta. Hay muertos que necesitan otra casa. Hay libros que deben regresar a las manos, al olor del papel, a la torpeza humana de pasar las páginas, a ese gesto antiguo de cerrar un volumen y dejar la palma apoyada sobre la cubierta, como si debajo todavía latiera alguien.

Por eso quiero publicarlo nuevamente en Lulu. Y quiero que la cubierta nazca de un dibujo de Misael. No de una imagen limpia, equilibrada, perfecta. No de una ilustración que pretenda embellecer la tristeza. Quiero aquel dibujo herido, hecho con tinta roja y negra sobre un papel que ya parece haber envejecido junto a nosotros. Esa mujer en el centro, con los ojos cerrados, cercada por casas torcidas, cielos arañados, manchas, señales, palabras dispersas. Una mujer que parece haber sobrevivido a una ciudad destruida, o quizá una ciudad que continúa existiendo dentro de una mujer destruida.

En una parte del dibujo, Misael escribió: «el collar de la desolación». En otra: «es eterno». No sé exactamente qué quiso decir. Tal vez ni él mismo lo sabía. Los dibujos, como los poemas, a veces saben más que quien los hace. Misael lo había escrito con una claridad que ahora me estremece: la poesía sabe aquello que el poeta desconoce. También dejó dicho que aspiraba a que sus poemas no se enteraran de su ausencia, como si la muerte pudiera llevarse al hombre sin avisarles a las palabras que se habían quedado huérfanas.

Pero yo sí me he enterado de su ausencia. Me entero al leer su nombre. Me entero cuando descubro una errata que ya no puedo consultarle. Me entero cuando imagino una cubierta que habría querido mostrarle. Me entero cuando pienso que tal vez habría sonreído al ver su dibujo convertido en la puerta de entrada de su último libro. O quizá habría protestado. Quizá habría dicho que no, que aquel dibujo no tenía importancia, que era apenas un papel viejo, una distracción, una de esas criaturas nacidas al margen de la literatura. Pero los muertos ya no pueden protegernos de nuestras decisiones. Y nosotros, los vivos, terminamos haciendo lo que podemos con sus señales.

Últimamente me pregunto demasiado por qué muere la gente buena. No por qué muere la gente. Eso lo sabemos, aunque no lo comprendamos. El cuerpo se rompe, la sangre se detiene, el corazón renuncia a su oficio, los pulmones olvidan el aire. La muerte tiene explicaciones médicas, certificados, fechas, firmas, llamadas telefónicas a una hora precisa. La muerte sabe llenar formularios.

Lo que no sé es por qué la bondad no salva. Por qué no existe una pequeña consideración del universo hacia quienes caminaron sin hacer demasiado daño. Por qué un hombre que miró los árboles, los perros, la lluvia, la pobreza y la locura con una compasión tan dolorosa no recibió a cambio unos años más de luz. Por qué mueren los que todavía tenían algo que decir, mientras tantas voces vacías continúan ocupando el mundo con su ruido.

Quizá la pregunta está mal formulada. Quizá la muerte no distingue entre buenos y malos porque la muerte es la única criatura verdaderamente igualitaria. Entra en la casa del justo y en la del verdugo. Se sienta junto al enfermo y junto al hombre que todavía se cree invencible. No lee nuestros libros. No escucha nuestras súplicas. No toma en cuenta los premios, los afectos ni las deudas de gratitud. Trabaja sin odio y sin misericordia. Pero saberlo no alivia nada.

Misael escribió que no existe un fardo más pesado que continuar extrañando a los muertos, seguir arrastrándolos por las duras márgenes del día. Y yo sé ahora que tenía razón. Los muertos pesan. Pesan en las habitaciones donde ya no están. Pesan en los objetos que tocaron. Pesan en las fotografías, en las fechas, en las canciones que escuchábamos sin sospechar que un día se convertirían en cuchillos. Pesan también en los libros.

A veces creo que publicar a un muerto consiste precisamente en eso: en cargarlo un poco más. Llevarlo de una plataforma a otra, de una edición a otra, de una mesa a otra. Impedir que termine de desaparecer. Colocarle nuevamente su nombre en una cubierta para que alguien, en una ciudad lejana, lo pronuncie sin saber que al hacerlo está regresando por un instante a un hombre a la vida.

No sé si los muertos reciben algo de nuestros homenajes. No sé si Misael puede ver este dibujo. No sé si sabe que todavía estamos hablando de él. No sé si existe un lugar donde los poetas se reúnen a comentar las torpezas de quienes seguimos publicándolos. Me gustaría creerlo. Me gustaría imaginarlo bajo una ceiba, leyendo a Dostoievski como hizo en su adolescencia, escuchando conversar a los espíritus entre las ramas, mientras en algún sitio cercano corre el agua de Clara Estrella.

Pero también sé que esta imaginación es una forma de defensa. Inventamos lugares para los muertos porque no soportamos que no estén en ninguna parte. Inventamos cielos, jardines, ceibas, ríos, bibliotecas. Inventamos reencuentros. Decimos que descansan, que nos miran, que permanecen junto a nosotros. Lo decimos porque la otra posibilidad —la nada— es demasiado grande para nuestro pequeño corazón.

Y aun así, en algunos momentos, la nada entra. Entra de noche. Entra con la música. Entra cuando una melodía parece sostener una luz mínima sobre una habitación oscura y uno comprende que esa luz no va a devolver a nadie. Apenas ilumina la ausencia. Apenas permite contemplarla con mayor nitidez. La música no cura: abre lentamente la herida y nos obliga a mirar dentro.

Entonces pienso en Misael. Pienso en su esposa, Bárbara Fernández Barrera, junto a quien vivió hasta sus últimos días en San Antonio de los Baños. Pienso en las tardes que compartieron, en las tazas de café, en los silencios domésticos que nadie registra, en las palabras dichas desde una habitación hacia otra, en las pequeñas costumbres que parecen eternas hasta que una de las dos personas muere y la otra descubre que la eternidad podía caber en el sonido de unos pasos.

Misael escribió: «Lo último que sentiré será el rumor de colmena de tu voz en la cocina». No necesito decir más. En esos versos cabe la muerte completa. La muerte como pérdida de una voz cotidiana. No la voz pública del poeta, no su nombre en una antología, no el hombre premiado, sino la voz de alguien amado en la cocina. Ese rumor que se confunde con los platos, con el agua, con el café, con la vida humilde que sucede mientras creemos estar esperando otra cosa.

Tal vez la gente buena muere porque todos morimos. Tal vez nuestra bondad no compra tiempo. Tal vez el universo no lleva una contabilidad moral. Pero hay algo profundamente injusto en que un hombre capaz de escuchar la desolación de los animales, de mirar la pobreza como un milagro y de sentir compasión incluso por el polvo de una casa haya tenido que irse. Hay algo insoportable en que sus manos se hayan detenido mientras sus poemas continúan respirando sin saberlo.

Esta nueva edición será mi manera de sostener una luz. No una luz victoriosa. No una luz capaz de derrotar la muerte. Apenas una llama pequeña, temblorosa, sostenida entre las manos para que el nombre de Misael no desaparezca completamente en la noche.

La cubierta conservará la herida del dibujo. Sus líneas inseguras. Su rojo de sangre y lápiz escolar. Sus edificios inclinados. Su figura solitaria. Sus palabras incompletas. No quiero corregirle el dolor. No quiero domesticar su desolación. Quiero que el lector vea la mano del poeta antes de abrir el libro. Que sienta que esas páginas no vienen de una región abstracta de la literatura, sino de un hombre real, frágil, cubano, rodeado de pérdidas, de humo, de árboles, de perros viejos, de pueblos que se desvanecen y pájaros que cruzan el cielo sin ofrecer respuestas.

Misael escribió que solo podemos retener la belleza a través del quieto cristal de la muerte. Quizá publicar este libro sea colocar ese cristal entre nosotros y él. Mirarlo a través de la muerte. Verlo borroso, distante, pero todavía reconocible. Y continuar preguntándonos, aunque nadie responda, por qué la gente buena se muere; por qué quienes más amaron la luz terminan entrando primero en la oscuridad; por qué los pájaros siguen volando sobre las casas de los muertos con la misma indiferencia hermosa de siempre.

Tal vez las preguntas de Misael continúen siendo oscuras porque no fueron escritas para encontrar respuestas. Tal vez fueron escritas para acompañarnos cuando todas las respuestas se han acabado.

Y hoy, mientras sostengo este libro entre las manos, mientras escucho una música que parece venir desde el lugar donde guardamos lo irrecuperable, siento que Misael no ha regresado, que ningún libro devuelve verdaderamente a un hombre, que ninguna cubierta repara su ausencia. Pero también siento que, durante unos segundos, una luz pequeña permanece encendida. Y que nosotros, los que todavía estamos aquí, tenemos la obligación dolorosa de sostenerla.

Eduardo René Casanova Ealo



 

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