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Pata Seca: la novela que me obligó a escuchar el silencio

Hay libros que uno escribe. Y hay libros que, en algún momento, empiezan a escribir a quien los está escribiendo.

Pata Seca pertenece a esa segunda categoría.

Durante mucho tiempo pensé que estaba construyendo una novela sobre la esclavitud en el Brasil del siglo XIX. Había mapas sobre mi escritorio, documentos históricos, testimonios dispersos, estudios antropológicos, nombres indígenas, rutas de comercio, leyendas amazónicas y largas listas de vocablos africanos. Creía que todo consistía en investigar con rigor y convertir esa investigación en literatura. Me equivocaba. Poco a poco comprendí que el verdadero tema de la novela nunca fue la esclavitud. La esclavitud es apenas el escenario donde ocurre algo mucho más profundo: la lucha desesperada de un ser humano por no dejar de ser quien es cuando todo conspira para arrancarle su nombre.

Porque eso hace el poder cuando desea perpetuarse. No se conforma con dominar un cuerpo. Necesita ocupar la memoria. Cambiar el idioma. Alterar los recuerdos. Convencer al hombre de que nunca fue otra cosa que aquello en lo que lo han convertido. Y, sin embargo, siempre queda una grieta. Toda esta novela nació buscando esa grieta.


Mientras escribía Pata Seca, muchas veces tuve la sensación de que estaba caminando detrás de personas que nunca conocí. Hombres y mujeres que atravesaron océanos sin haber elegido partir. Indígenas expulsados de sus aldeas. Africanos vendidos como mercancía. Niños que olvidaban su lengua porque ya nadie quedaba para hablársela.

No quería escribir una novela donde los personajes fueran únicamente víctimas de la historia. Quería devolverles la condición de seres humanos. Que amaran. Que rieran. Que tuvieran miedo. Que desobedecieran. Que soñaran. Que conservaran la capacidad de mirar el cielo incluso cuando la tierra les había sido arrebatada. Porque la literatura no tiene la obligación de repetir lo que ya sabemos. Tiene el deber de devolver complejidad allí donde la historia simplificó.


Hubo días en que escribir resultó fácil. Bastaba sentarme frente al teclado y las escenas aparecían casi completas. Pero también hubo semanas enteras en las que una sola página parecía imposible. No porque faltaran palabras. Sino porque sobraba responsabilidad.

Cuando uno escribe sobre el sufrimiento ajeno existe una frontera muy delicada entre narrar y utilizar ese dolor como espectáculo. Esa línea me acompañó durante toda la escritura. Intenté no cruzarla nunca.

No me interesaba una novela construida desde la crueldad. Me interesaba una novela construida desde la dignidad.


Muchas personas me preguntan cuánto tiempo tomó escribir Pata Seca. La respuesta es engañosa. Podría contar los meses dedicados a la investigación o las horas invertidas frente al ordenador. Pero la verdad es que esta novela empezó mucho antes de que yo supiera que iba a escribirla. Comenzó cuando entendí que la historia oficial siempre deja zonas de sombra. Que detrás de las grandes fechas existen millones de vidas anónimas. Que los archivos registran transacciones, decretos y batallas, pero casi nunca conservan el sonido de una madre llamando a su hijo por última vez en su lengua original. La literatura, a veces, puede intentar recuperar ese sonido. Aunque sea imaginándolo.


Mientras avanzaba el manuscrito descubrí otra verdad. No estaba escribiendo únicamente sobre el pasado. Estaba escribiendo sobre el presente. Porque la violencia cambia de rostro, pero rara vez cambia de naturaleza. Todavía existen personas expulsadas de sus hogares. Todavía existen pueblos cuya memoria resulta incómoda. Todavía existen hombres convencidos de que poseen el derecho de decidir quién merece ser recordado y quién debe desaparecer. Por eso las novelas históricas nunca hablan únicamente de la historia. Hablan del ser humano.


Cuando sostuve el primer ejemplar impreso sentí una emoción difícil de explicar. No era orgullo. Era alivio. Como si aquellos personajes que me habían acompañado durante tanto tiempo hubieran encontrado finalmente un lugar donde permanecer. Los libros tienen esa extraña capacidad. Nos sobreviven. Viajan solos. Llegan a ciudades que nunca conoceremos. Se abren en manos desconocidas. Y comienzan otra vida completamente distinta de aquella que imaginó el autor. Eso deseo para Pata Seca. Que encuentre lectores. Que los conmueva. Que los haga detenerse un instante y pensar en aquellos nombres que la historia escribió con letra pequeña o simplemente decidió no escribir.


Quiero aprovechar estas líneas para agradecer a una persona que ha estado presente durante todo este proceso. A Dulce, mi esposa. Ella conoce la parte invisible de cada libro. Las horas interminables de investigación, las dudas, los cambios de rumbo, los días en que una novela parece avanzar y aquellos otros en que parece desmoronarse por completo. Ha convivido con todos esos silencios sin pedir explicaciones, comprendiendo que escribir también es una forma de estar ausente para intentar regresar con algo que merezca la pena compartir. Si hoy sostengo Pata Seca entre mis manos, también es porque ella sostuvo, con paciencia y amor, al hombre que lo estaba escribiendo.

Gracias.


Muy pronto, Pata Seca comenzará un viaje distinto al mío. Gracias a la distribución global de Lulu, la novela llegará a librerías, plataformas y lectores de diferentes países. A partir de ese momento dejará de pertenecerme. Y eso es exactamente lo que debe ocurrir. Porque un libro no alcanza su destino cuando el escritor escribe la última palabra. Lo alcanza cuando alguien, en cualquier lugar del mundo, abre la primera página y descubre que, entre esas líneas, también hay algo de su propia historia.

Eduardo René Casanova
Editorial Primigenios

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