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El erotismo en Pata Seca: cuando el cuerpo deja de ser una propiedad

Hay lectores que, al conocer el punto de partida de Pata Seca, imaginan que encontrarán una novela erótica.

Después de todo, la historia se inspira en la leyenda de un esclavo brasileño al que sus dueños obligaron a engendrar centenares de hijos para aumentar el número de esclavos de la hacienda.

Sin embargo, ocurre exactamente lo contrario.

Uno de los mayores desafíos que encontré al escribir esta novela fue comprender que el erotismo desaparece cuando desaparece la libertad.

No existe erotismo donde el cuerpo deja de pertenecerse.

En la hacienda, Roque José Florêncio no conoce el deseo. Conoce la obediencia. No descubre el amor. Descubre la utilización. Su cuerpo no es un espacio de encuentro con otro ser humano, sino una herramienta más del ingenio, igual que un machete, un molino o una carreta.

Por eso existe el cuarto sin nombre.

Porque incluso el lenguaje se avergüenza de aquello que sucede allí.

No me interesaba escribir escenas destinadas a provocar al lector. Me interesaba mostrar algo mucho más terrible: el momento en que un hombre deja de reconocerse en su propio cuerpo.

La verdadera historia de Pata Seca comienza cuando ese cuerpo empieza lentamente a regresar a su dueño.

Y ese regreso no ocurre en una cama.

Ocurre en la selva.

Ocurre cuando descubre una comunidad donde las mujeres no son mercancía ni premio, sino personas que deciden.

Hay un momento de la novela que resume esa transformación. Roque observa que allí las mujeres caminan de otra manera. Se ríen sin pedir permiso. Eligen con quién hablar, con quién compartir la noche y cuándo marcharse. Él comprende entonces que la intimidad puede ser un lenguaje compartido y no una imposición.

Ese descubrimiento vale más que cualquier escena explícita.

Creo que el verdadero erotismo no consiste en mostrar cuerpos.

Consiste en devolverles su libertad.

Tal vez por eso Pata Seca sea una novela donde el cuerpo importa tanto, pero el deseo nunca aparece separado de la dignidad.

Porque un cuerpo esclavizado puede obedecer.

Pero solo un cuerpo libre puede amar.

Eduardo René Casanova

Fragmento

También vio a las mujeres. Y vio algo que lo dejó quieto por dentro: allí las mujeres no caminaban como sombras. Caminaban como presencia. Se reían sin bajar la voz. Elegían con quién se sentaban. Elegían cuándo se levantaban. Elegían a quién miraban. Y cuando una pareja se iba hacia la oscuridad, nadie lo señalaba como pecado ni lo tasaba como negocio. Era un asunto de cuerpo y de acuerdo, no de dueño.

Eso lo confundió al principio.

Porque Roque venía de un sitio donde el cuerpo era orden. Donde el deseo era herramienta. Donde el amor era riesgo. Y allí, en cambio, vio otra cosa: la intimidad como un lenguaje compartido, no como un cuarto sin nombre.

Ese fue, quizá, uno de los capítulos más difíciles de escribir. No porque resultara complicado narrar el cuerpo, sino porque comprendí que el verdadero desafío consistía en narrar la libertad del cuerpo. En Pata Seca el erotismo no nace del deseo convertido en espectáculo, sino del instante en que un ser humano descubre que nadie puede disponer de él como si fuera una herramienta. En esa diferencia, aparentemente pequeña, se encuentra una de las ideas centrales de la novela.


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