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Les dejo "El milagro de los muflones" en las manos. Léanla, discútanla, compártanla, pélenla vivo si quieren, pero no la ignoren. Los verdaderos milagros de la literatura no son los que nos salvan del horror, sino los que nos obligan a mirarlo sin pestañear. Y este libro, se los aseguro, no baja la mirada.

La imagen de cubierta de El milagro de los muflones nació de la inteligencia artificial, sí, pero el incendio que la sostiene viene de mucho antes. Viene de un cuadro ruso sobre Stalin que vi cuando estudiaba allá, hace un cojón de años, en otra vida y en otro invierno. En ese cuadro, el dictador empujaba con su mano izquierda a una marea de soldados hacia el frente, mientras sostenía su pipa con la derecha. Un detalle se me clavó para siempre: de la otra mano caía un fósforo gigantesco, encendido, sobre cientos de soldados diminutos, condenados de antemano a arder.
Ese fósforo sigue cayendo en mi memoria. A veces pienso que uno de esos soldaditos quemados bajo la llama se parecía a mí: joven, obediente, empujado por una maquinaria histórica que no había elegido, caminando hacia un fuego que alguien más había encendido. Quizás por eso, cuando empecé a trabajar la cubierta de esta novela, ese cuadro regresó como un fantasma y le susurró la idea a la máquina: un caudillo, una multitud, una mano que “guía” y al mismo tiempo sacrifica, una devoción que no sabe que está caminando sobre brasas.
La IA hizo la imagen, pero el diseño emocional viene de aquella sala rusa, de aquel lienzo que todavía estoy buscando por los archivos del tiempo. Esta cubierta es, a su modo, un homenaje y un ajuste de cuentas: un diálogo con ese Stalin pintado que empujaba cuerpos hacia la hoguera, y con todos los Atilanos que siguen repitiéndose por el mundo.
Cuando sostengo en las manos esta nueva edición de El milagro de los muflones, siento que esa vieja escena se cierra en círculo: el soldado que se me parecía ahora es un editor que mira a su propio país –y a muchos otros– preguntándose cuántos fósforos enormes siguen cayendo, cuánto rebaño sigue marchando hacia el fuego, convencido de que se trata de un milagro.
Eduardo René Casanova Ealo
Editorial Primigenios

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