
A veces Facebook se pone creativo con las fechas y uno lo deja pasar, porque lo verdaderamente importante no es el algoritmo sino el latido. Esta foto me devuelve a uno de esos libros que se quedan conmigo como una lámpara humilde: Y todo a media luz, de Teresa R. Medina Rodríguez. Un volumen de cuentos nacido en aquellos años en que Editorial Primigenios estaba aprendiendo a vivir, a respirar, a equivocarse con dignidad y a acertar con hambre de futuro. Recuerdo esos primeros libros como se recuerda un hogar que aún no tenía todas las paredes levantadas. Libros que no llegaron para hacer ruido, sino para hacer raíz. Libros que eran ensayo y promesa. Y Teresa estaba ahí, en ese mapa temprano, aportando su voz, su mundo narrativo, su sensibilidad. En el catálogo, sí, pero también en la emoción de quienes entendemos que una editorial no es solo un sello: es una familia que se va inventando mientras camina. Primigenios siempre ha querido ser eso: un puente, una orilla que conversa con otras orillas. Y cuando vuelvo a títulos como este, confirmo que algunos libros no envejecen: se quedan. Se quedan porque fueron honestos. Porque fueron parte del inicio. Porque ayudaron a encender la casa cuando todavía estábamos aprendiendo dónde poner la luz.
Y todo a media luz es de esos libros que uno no guarda en una estantería, sino en una zona más íntima: donde se archivan los afectos, los comienzos y las pequeñas revelaciones.
Hay títulos que llegan con la arrogancia de lo nuevo y se van rápido. Y hay otros —como este— que se quedan porque fueron escritos desde un lugar verdadero. Su fuerza no está en el estruendo, sino en la atmósfera. En esa manera de entender la vida sin iluminarlo todo de golpe, sino dejando que el lector entre despacio, con los ojos adaptándose a la penumbra, descubriendo que lo humano casi siempre ocurre a media luz.
Estos cuentos tienen esa virtud rara: la de sugerir más de lo que declaran. Te invitan a escuchar lo que no se dice, a mirar lo que la memoria guarda con cuidado, a reconocer que la ternura también puede ser una forma de resistencia.
Para mí, además, este libro carga un valor emocional doble: es literatura, sí, pero también es historia de origen. Pertenece a esos primeros pasos de una editorial que estaba aprendiendo a vivir, a confiar en sus apuestas, a construir un catálogo con alma.
Y todo a media luz no es solo un libro de cuentos.
Es una lámpara suave en la historia de Primigenios.
Y una confirmación de que algunos libros, cuando nacen con honestidad, no envejecen: se vuelven compañía.
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