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 Martí me observa mientras escribo sobre La noche que se fueron los caballos

El poeta sabe que escribir sobre poesía en un mundo de lectores apresurados es un oficio arriesgado, casi una pérdida de tiempo. En su época, los periódicos no tenían grandes tiradas ni existían las redes sociales, pero la palabra sobrevivía. Hoy, bajo su mirada serena desde el cuadro al óleo que me regaló Alain, José Martí parece decirme que continúe, que no tema. Me imagino su seseo particular, su sonrisa apenas insinuada, como si aprobara este esfuerzo por hablar de poetas y versos.

Jesús Álvarez Pedraza nos entrega en La noche que se fueron los caballos una exploración poética de la pérdida y la nostalgia. A través de versos cargados de emoción y paisajes evocadores, el autor nos sumerge en un viaje introspectivo donde los caballos simbolizan la libertad y los sueños que se desvanecen en la noche. Su pluma, de una sencillez engañosa, construye imágenes profundas que resuenan con melancolía y reflexión.

Cada poema es un espejo de la conexión entre la naturaleza y el tiempo, capturando la belleza oculta en el desarraigo. Los caballos que se marchan no son solo animales en fuga; representan esperanzas, ilusiones y anhelos que escapan, dejando tras de sí preguntas sin respuesta y la huella imborrable de lo que fue. La obra de Álvarez Pedraza es una sinfonía de emociones, una danza entre la alegría y la tristeza, la presencia y la ausencia, la vida y la muerte.

Leer La noche que se fueron los caballos es atreverse a enfrentar las sombras del pasado, a descifrar las capas de significado en cada pausa y cada palabra. Es dejarse envolver por una música interna que resuena como un eco lejano, un testimonio del poder transformador de la poesía. En un mundo que todo lo consume y olvida, esta obra permanece, dejando una marca indeleble en el alma de quien se atreve a recorrer sus páginas.

Termino de escribir y levanto la vista hacia Martí. Su figura sigue allí, en la misma pose, con los brazos a la espalda y la sonrisa contenida. Presiento que, como buen escritor, ha contado mis palabras y eliminado las que sobran. Pero no dice nada. Su silencio es aprobación. Vamos bien, entonces, en este oficio de hablar de poesía y poetas como Jesús Álvarez Pedraza.

Eduardo René Casanova Ealo

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