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Sobre las páginas de un libro se levanta la alborada, y en cada verso de Manuel Vázquez Portal florecen los signos de la eternidad. No es la suya una pluma común, sino un sortilegio que convoca los duendes de la palabra, la melodía secreta que convierte lo cotidiano en un orbe encantado. He aquí la magia del poeta: cada sílaba suya es una campana de oro, cada imagen, un destello de lo eterno.

Fue en Morón donde el viento lo vio nacer, pero su patria es la palabra. Vino al mundo con el don de los que saben que la poesía no se escribe, sino que se revela, como el agua pura entre las piedras o la flor que rompe la roca con su fragancia. Desde su primer aliento, la musa le tendió un manto de estrellas, y él lo aceptó con humildad y asombro.

Sus versos son alfombras mágicas que invitan al viajero a surcar los cielos de la imaginación. La alfombra de los paseos no es un libro, sino una puerta abierta al asombro infantil, al prodigio de ver el mundo con ojos nuevos. Es la promesa de que la poesía sigue siendo un conjuro contra la tristeza de los hombres.

Y si un día, entre la hojarasca de la historia, alguien busca la verdad que se oculta en la brisa del tiempo, hallará en Donde madura el limonero la esencia de un país entero. Con su ironía fina, con su humor de alambique, con su ternura de médula y su ardor de justicia, Vázquez Portal ha hilvanado las fibras de la memoria. Quien abra esas páginas sentirá el temblor de una nación que respira entre las líneas, que se duele, que canta, que aún espera.

No es solo poeta: es testigo. No es solo testigo: es cantor. Y no es solo cantor: es memoria, es raíz y es cielo. Si hubo un día en que se alzó entre sombras y cárceles, fue porque la luz en su voz no podía apagarse. Desde la celda o desde la plaza, su palabra fue un látigo contra la infamia y una bandera de aire y sol.

Como el ruiseñor que canta con el pecho herido, su voz no conoce el silencio. Desde Celda número cero hasta las memorias de la plaza, en cada libro suyo late la América profunda, la voz de aquellos que hicieron de la poesía un bastión y un refugio.

En Vázquez Portal vive la estirpe de los grandes. Su pluma danza con Rubén Darío en la alameda de la eternidad. Su canto, como un río de oro y luz, seguirá fluyendo mientras haya quien lea con el alma despierta y se atreva a soñar con la belleza.



 

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