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¿Por qué la Perestroika no llegó a Cuba para cambiar las fichas del dominó?

 

Hay preguntas que llegan tarde porque durante muchos años uno creyó conocer las respuestas. Esta es una de ellas. ¿Por qué la Perestroika no llegó a Cuba para cambiar las fichas del dominó? No digo que no llegara. Llegó. Llegó como palabra, como rumor, como noticia, como promesa ajena. Recuerdo perfectamente aquella palabra rusa dando vueltas por todas partes, extraña al principio, casi impronunciable, hasta que terminó formando parte de nuestras conversaciones. Perestroika. Y detrás otra todavía más peligrosa: Glasnost. Reestructuración. Transparencia. Palabras. Las palabras siempre llegan primero.

Desde Moscú comenzaron a llegar noticias que pocos años antes habrían parecido imposibles. Los soviéticos discutían públicamente sus errores. Revisaban su historia. Hablaban de Stalin de otra manera. Cuestionaban determinados mecanismos económicos. Sus periódicos empezaban a decir cosas que nosotros, educados durante décadas mirando hacia la Unión Soviética como quien mira el reloj para conocer la hora exacta, no sabíamos muy bien cómo interpretar. El hermano mayor había decidido revisar la casa y cualquiera habría pensado que también aquí comenzarían a moverse los muebles. Pero ocurrió lo contrario. Mientras Gorbachov hablaba de reestructuración, Cuba comenzó a hablar de Rectificación. Siempre me ha resultado extraordinaria esa coincidencia. Allá se revisaba. Aquí se rectificaba. Parecen verbos cercanos. No lo son. Revisar supone preguntarse si algo puede estar equivocado. Rectificar, en aquel lenguaje nuestro, significaba regresar al camino que alguien había decidido previamente que era el correcto.

Mientras comenzaban a moverse las fichas del dominó en Europa, en Cuba alguien puso la mano encima de la mesa. Aquí no. Aquí las fichas no se tocan. Y después vino la paradoja. Cuba no recibió la apertura política de la Perestroika, pero sí recibió todas las consecuencias del derrumbe del mundo que la Perestroika intentó reformar. Se fueron los barcos. Se fue el petróleo. Se fueron los mercados protegidos. Se fueron los créditos. Desaparecieron países enteros de los mapas escolares. La República Democrática Alemana dejó de existir. Checoslovaquia terminó dividiéndose. La Unión Soviética, aquella enorme mancha que ocupaba medio mapa en nuestras aulas, desapareció también. Y nosotros permanecimos allí, con el mismo Partido, los mismos dirigentes, el mismo sistema político, pero mucho más pobres.

Entonces apareció otra obra maestra del lenguaje: Período Especial en Tiempo de Paz. El hambre adquirió un nombre administrativo. Los apagones adquirieron una explicación histórica. La bicicleta china se convirtió casi en instrumento de supervivencia. Comenzaron a desaparecer alimentos, transportes, medicamentos, papel, libros, revistas. Una sociedad que durante décadas había escuchado hablar del futuro descubrió de pronto que el problema verdadero consistía en llegar al día siguiente. Pero incluso entonces se pidió más. Más sacrificio. Más resistencia. Más disciplina. Más fidelidad. Y, sobre todo, menos preguntas.

Ahí es donde esta historia deja de ser solamente económica. Porque mientras faltaba comida también comenzaron a sobrar preguntas. Y algunos escritores e intelectuales las hicieron. No fueron multitudes. Tampoco conviene fabricar ahora una épica que entonces no existió. Muchos callaron. Otros calcularon. Otros creyeron todavía que aquello pasaría. Algunos tenían libros pendientes, puestos de trabajo, viajes, hijos, casas, responsabilidades. Y también miedo, naturalmente. Porque el miedo no necesita siempre una patrulla en la puerta. A veces basta con saber que existen puertas que pueden cerrarse: una editorial, una revista, una universidad, un viaje, una institución, la posibilidad de salir del país o la posibilidad de regresar.

En aquel ambiente apareció Paideia. Y me interesa Paideia precisamente porque demuestra que no toda crítica comenzó pidiendo el derrumbe de la Revolución. Algunos querían discutir la cultura desde dentro. Querían mayor autonomía intelectual. Querían decidir hasta dónde podía llegar el pensamiento sin solicitar previamente permiso. Era una pretensión pequeña si se mira desde cualquier sociedad abierta. Dentro de Cuba era enorme. Después vendrían otros. María Elena Cruz Varela dejó de hablar solamente desde la poesía y comenzó a pedir cambios políticos. Criterio Alternativo llevó las palabras a un territorio donde el Estado ya no estaba dispuesto a considerarlas literatura. Y entonces aparecieron las consecuencias: cárcel, marginación, actos de repudio, exilio, silencio.

Años después ocurrió algo quizá todavía más revelador con los investigadores del Centro de Estudios sobre América. No eran enemigos infiltrados desde Miami. No habían desembarcado por una playa. No eran guerrilleros. Eran académicos formados por el propio sistema, trabajando dentro de una institución vinculada al poder, intentando pensar reformas para salvar, mejorar o transformar el socialismo cubano. También llegaron demasiado lejos. Y esa quizás sea una de las respuestas a mi pregunta inicial. ¿Por qué la Perestroika no llegó a Cuba? Porque la Perestroika no consistía solamente en permitir un pequeño negocio, cambiar una norma económica o publicar un artículo un poco más atrevido. Su verdadero peligro era otro. Permitía imaginar que el sistema podía ser discutido. Y un sistema político construido durante décadas sobre la afirmación de que sus fundamentos no podían discutirse difícilmente podía importar aquella mercancía sin poner en peligro todo el almacén.

Por eso Cuba recibió una mitad de la historia. La peor mitad. Recibimos el derrumbe económico sin recibir el debate político. Recibimos la desaparición de los subsidios sin recibir la Glasnost. Recibimos el hambre del final de una época sin recibir la posibilidad de decidir colectivamente qué época debía comenzar después. Pero algo sí cambió.

La literatura.

Porque a veces lo que no logra entrar en un parlamento termina entrando en una novela. Lo que no puede aparecer en un periódico aparece en un cuento. Lo que no encuentra espacio en un discurso oficial busca sitio en un poema. La literatura cubana de los noventa comenzó a llenarse de ruinas, cuerpos, hambre, desencanto, sexo, emigración, edificios que se caían y personajes que habían dejado de creer en las palabras con que fueron educados. Quizás esa fue nuestra pequeña Glasnost. No la que abrió los archivos. No la que reformó las instituciones. La que abrió las heridas.

Y aquí está, para mí, una de las paradojas más duras de aquellos años. La Perestroika no produjo en Cuba una transformación política equivalente a la que produjo o acompañó en otros países del bloque socialista. Pero sí produjo, indirectamente, un terremoto moral y estético. El escritor cubano comenzó a vivir en un país donde la retórica oficial hablaba todavía de continuidad, resistencia y victoria, mientras la experiencia cotidiana hablaba de deterioro, pérdida y ruptura. Entre una cosa y la otra quedó abierta una grieta. Y por esa grieta entró buena parte de la literatura de los noventa.

No todos los escritores reaccionaron igual. Algunos se adaptaron. Otros siguieron escribiendo dentro de los códigos institucionales. Otros buscaron nuevas formas de decir sin decir. Algunos emigraron. Otros quedaron marginados. Y unos pocos confrontaron de manera más directa. Pero incluso los silencios son parte de esta historia. Porque no debe juzgarse con demasiada facilidad a quienes no levantaron la voz. Había algo más que cobardía. Había una estructura de dependencia. Publicar un libro, viajar, trabajar en una institución cultural, ocupar una vivienda, conservar un puesto, poder regresar a Cuba después de un viaje: todo eso podía formar parte de una misma red de permisos explícitos o implícitos.

Por eso me interesa menos construir una lista retrospectiva de héroes intelectuales y más comprender el mecanismo. Algunos de los enfrentamientos fueron débiles, tímidos, parciales. Pero precisamente por eso son tan reveladores. No estaban intentando asaltar el Palacio de la Revolución. Estaban preguntando si podía discutirse un modelo económico, si podía revisarse una política cultural, si un intelectual tenía derecho a pensar desde dentro del socialismo sin repetir automáticamente la línea del poder. Y aun esas preguntas podían tener consecuencias personales severas.

Ahí está el punto.

La Perestroika no fracasó en Cuba porque los cubanos no la comprendieran. Fracasó porque no se permitió que se convirtiera en método político. Se toleró como noticia extranjera. Se observó como fenómeno soviético. Se discutió con cuidado en círculos culturales e intelectuales. Pero cuando la lógica de la reforma amenazó con atravesar la frontera y convertirse en pregunta interna, apareció la Rectificación, apareció el cierre de filas y apareció una respuesta que después se repetiría muchas veces: cambiar algo, sí, siempre que no se tocara lo esencial.

Y lo esencial era precisamente lo que la Perestroika estaba poniendo en cuestión. La posibilidad de revisar el sistema. La posibilidad de discutir el monopolio del poder. La posibilidad de reconocer que un error estructural no se resuelve pidiendo más sacrificio a quienes ya lo han sacrificado casi todo.

Quizás por eso la literatura terminó siendo uno de los pocos lugares donde aquella contradicción pudo quedar registrada de verdad. No siempre de manera abierta. No siempre con nombres y consignas. Pero sí en los cuerpos, en las habitaciones vacías, en las ciudades deterioradas, en el sexo como escape, en el hambre, en la emigración, en la ironía, en la pérdida de fe, en el lenguaje que comenzó a desprenderse de la solemnidad revolucionaria.

La política decía una cosa. La literatura empezó a decir otra. Y todavía queda una última pregunta.

¿Qué habría ocurrido si en 1986, 1989 o 1991 se hubiera permitido en Cuba una discusión verdadera sobre el futuro? No sé la respuesta. Nadie puede saberla. La historia no permite regresar una ficha a la posición anterior para ensayar otra partida. Pero sí sabemos algo. En numerosos países del antiguo campo socialista las fichas comenzaron a caer. En Cuba no.

Alguien sostuvo el dominó con las dos manos. Y después nos pidió sacrificarnos para que no se moviera.

Hay una vieja anécdota atribuida a Stalin que probablemente nunca ocurrió, pero las parábolas sobreviven muchas veces porque explican mejor un mecanismo que una estadística. Se cuenta que un día, en una dacha, rodeado de hombres del Kremlin y del Buró Político, Stalin tomó una gallina y comenzó a arrancarle las plumas. Después la soltó bajo el sol y caminó unos pasos. El animal, desnudo y vulnerable, buscó inmediatamente su sombra. Entonces Stalin sacó unas migajas de pan y comenzó a arrojárselas. La gallina lo siguió, picoteando agradecida aquello que recibía de la misma mano que acababa de desplumarla.

No sé si Stalin hizo alguna vez semejante cosa. Probablemente no. Pero la historia contiene una metáfora demasiado eficaz para desaparecer. Mientras pienso en los escritores e intelectuales cubanos de aquellos años, regreso inevitablemente a esa gallina.

El poder cubano entendió muy pronto que no siempre era necesario encarcelar a un escritor para controlarlo. Muchas veces bastaba con administrar las migajas. Un libro publicado. Un viaje al extranjero. Una invitación a un congreso. Unos días en una casa de descanso. La posibilidad de comprar un automóvil. Un teléfono fijo cuando tener teléfono era todavía un privilegio. Una beca. Un premio. Una delegación cultural. Una habitación de hotel. Un bolígrafo importado entregado en una reunión que podía adquirir, dentro de la pobreza general, el extraño resplandor de un objeto de lujo. No era necesario que cada escritor recibiera todas esas cosas. Bastaba con que supiera que existían y que alguien decidía quién podía recibirlas. Así se construye también la obediencia. No solamente con el castigo. Con la expectativa.

El escritor sabía quién publicaba. Sabía quién autorizaba un viaje. Sabía qué institución podía colocarlo dentro de una delegación y cuál podía dejar su libro durante años dentro de una gaveta. Sabía quién podía convertirlo en “escritor reconocido” y quién podía hacerlo desaparecer lentamente de revistas, jurados, antologías, eventos y catálogos.

El sistema no necesitaba decirle todos los días qué debía pensar. Le enseñaba qué podía perder. Y después estaban las otras conversaciones. Las discretas. Las que no aparecían en los programas de los congresos ni en las fotografías de las recepciones. Un funcionario que preguntaba cómo estaba fulano. Un oficial interesado en saber qué decía mengano. Quién estaba descontento. Quién hablaba demasiado. Quién quería marcharse. Quién había hecho un comentario inconveniente después de unas copas. Quién se estaba acercando a determinada embajada. Quién discutía la política cultural. Quién comenzaba a mirar con demasiado entusiasmo hacia la Perestroika. No todos aceptaron hacerlo.

Sería profundamente injusto convertir ahora a toda una generación de escritores cubanos en informantes. Hubo hombres y mujeres que se negaron, otros que pagaron precios personales por conservar determinados límites y muchos que simplemente intentaron sobrevivir dentro de un sistema que hacía difícil separar la vida profesional de la obediencia política. Pero también hubo colaboración. Hubo expedientes. Hubo informes. Hubo amigos que informaban sobre amigos.

Eliseo Alberto contaría años después que la Seguridad del Estado intentó reclutarlo incluso para informar sobre su propio padre. Historias como esa permiten entender hasta qué punto la vigilancia podía penetrar dentro de la intimidad del mundo intelectual.

Por eso la parábola de la gallina vuelve a mi cabeza. Fidel no necesitaba desplumar literalmente a los escritores. El sistema podía hacerlo de otra manera. Primero les recordaba que casi todo dependía del Estado: publicar, viajar, trabajar, acceder a determinados bienes, pertenecer a ciertas instituciones. Después distribuía pequeñas recompensas. Y algunos terminaban caminando detrás de la sombra del poder. Recogiendo migajas. Agradeciendo incluso aquello que, en una sociedad normal, habría debido ser simplemente un derecho. Y a veces, mientras picoteaban esas migajas, ayudaban también a señalar cuál de los gallos del gallinero había comenzado a cantar fuera de hora.

Tal vez esa sea, al final, la respuesta que durante tantos años he buscado. La Perestroika no llegó a Cuba porque para que llegara de verdad no bastaba con traducir a Gorbachov, publicar alguna revista soviética o permitir que los intelectuales discutieran un poco más en una sala cerrada: había que soltar las fichas del dominó, aceptar que podían caer y renunciar al derecho de decidir de antemano cuál debía permanecer siempre de pie. Y eso nunca estuvo sobre la mesa. Preferimos recibir el hambre antes que la incertidumbre de la libertad, administrar la obediencia mediante castigos y migajas, desplumar a la gallina y después felicitarla porque seguía caminando detrás de nuestra sombra. La tragedia es que aquellas fichas no desaparecieron: siguen sobre la mesa. Y quizá la pregunta que nos queda ya no sea por qué la Perestroika no llegó a Cuba, sino cuántas generaciones más tendrán que sacrificarse para que nadie se atreva, de una vez por todas, a mover la primera ficha.

 

Eduardo René Casanova Ealo

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