Ir al contenido principal

 



La guerra civil cubana y los libros que no supieron contarla

La literatura sobre la guerra civil cubana es una pura mierda.

Lo digo así, sin buscar una frase más elegante para comenzar, porque llevo muchos años pensándolo. Y también porque no llegué a esa conclusión leyendo dos libros desde lejos. Durante una parte importante de mi vida trabajé en el Museo Nacional de la Lucha contra Bandidos, en Trinidad, una institución cuyo propio nombre contenía ya una interpretación de la historia. “Bandidos” fue la palabra que Fidel Castro y el discurso revolucionario utilizaron para clasificar a los hombres que, después de 1959, tomaron las armas contra el joven gobierno. La palabra resolvía el problema antes incluso de comenzar a contarlo: si eran bandidos, entonces no podían ser adversarios políticos, campesinos descontentos, antiguos revolucionarios, hombres que habían combatido a Batista y terminaron enfrentados a sus antiguos compañeros, anticomunistas convencidos, agentes vinculados a Estados Unidos, oportunistas, criminales o una mezcla incómoda de todas esas categorías. Eran bandidos. Y con una palabra quedaba organizada la memoria.

Pero aquello fue una guerra.

Podremos discutir durante años cómo llamarla: Rebelión del Escambray, insurgencia contrarrevolucionaria, Lucha contra Bandidos, resistencia armada o guerra civil. Cada denominación lleva consigo una posición política y una manera de repartir legitimidades. Pero lo que resulta mucho más difícil negar es el hecho esencial: durante más de cinco años hubo cubanos armados combatiendo contra otros cubanos dentro del territorio nacional. El Escambray fue el escenario más conocido y uno de los de mayor intensidad, pero el enfrentamiento no quedó encerrado en aquellas montañas. Hubo grupos, operaciones, muertos, detenidos, milicianos y alzados en diferentes zonas del país. Una guerra entre cubanos, librada dentro de Cuba, con causas internas y también con la intervención y el apoyo de intereses extranjeros. Podemos discutir el adjetivo. El sustantivo es bastante más difícil de esquivar.

Yo trabajé rodeado durante años de aquella historia. Documentos, fotografías, armas, expedientes, partes militares, mapas de operaciones, testimonios, objetos personales, nombres de muertos, relatos de combatientes y una construcción minuciosa de la memoria oficial. Conocí protagonistas. Escuché historias. Estuve cerca de hombres que habían participado en operaciones que después aparecían resumidas en un párrafo o convertidas en una vitrina. Y precisamente por haber estado tan cerca de todo aquello terminé comprendiendo algo que después he encontrado muy pocas veces en nuestra literatura: esa historia era muchísimo más compleja que el relato que nos enseñaban.

La literatura oficial hizo demasiadas veces lo mismo que la historiografía oficial. De un lado colocó al miliciano joven, noble, heroico, dispuesto a sacrificarlo todo por la Revolución. Del otro apareció el alzado convertido en caricatura: asesino, cobarde, ignorante, mercenario, agente de la CIA, enemigo del campesino, criatura moralmente inferior cuya derrota estaba prácticamente escrita antes de comenzar la primera página. Con personajes construidos de esa manera puede existir propaganda, puede existir épica política, puede incluso existir un relato eficaz. Lo que difícilmente puede existir es una gran literatura. Porque la literatura comienza precisamente cuando el personaje deja de obedecer el expediente que alguien escribió sobre él.

Cuando intento recordar los libros escritos alrededor de aquella guerra, regreso inevitablemente a El caballo de Mayaguara, de Osvaldo Navarro. Allí encontramos uno de los modelos más reconocibles de aquella literatura: el combatiente convertido progresivamente en figura legendaria, el campesino revolucionario endurecido por la guerra, transformado en representación de un determinado tipo moral. Hay oralidad, paisaje, violencia, historias reales y momentos narrativamente efectivos. Pero el problema aparece cuando el hombre empieza a cargar con la obligación de representar al héroe correcto de la historia. El personaje deja de tener derecho a equivocarse, a dudar, a contradecirse, a mostrar alguna zona moral que pueda incomodar al lector.

Con La defensa de Polo Viejo, de Aurelio Gutiérrez González, mi relación es completamente distinta. Ese libro no llegó a mí muchos años después, convertido ya en volumen y colocado en una biblioteca. Yo lo vi nacer. Yo estaba con Aurelio. Fui testigo cercano del proceso en que aquella historia comenzó a tomar forma, primero como memoria, conversación, testimonio y material acumulado, y después como libro. Por eso me resulta imposible leerlo únicamente como una pieza más de la bibliografía sobre la llamada Lucha contra Bandidos. Para mí conserva también la respiración de un tiempo concreto, las conversaciones alrededor de los hechos y la manera en que una experiencia todavía cercana comenzaba a endurecerse lentamente hasta convertirse en relato histórico.

Aurelio trabajaba sobre un episodio que ya poseía una fuerte carga simbólica dentro de la narrativa revolucionaria: la defensa de Polo Viejo. Pero recuerdo también al hombre detrás de las páginas, tratando de organizar testimonios, recuerdos y hechos que todavía estaban vivos en la memoria de quienes habían participado. Esa diferencia importa. Una cosa es leer cuatro décadas después un libro convertido en documento de época y otra muy distinta haber estado cerca cuando todavía no era un libro, cuando los protagonistas estaban vivos, cuando podían discutir una versión, añadir un detalle, contradecir un recuerdo, cuando la historia todavía no había terminado de convertirse en una superficie sólida.

Ahí aprendí algo que después he pensado muchas veces: la versión oficial de una guerra no nace terminada. Se va fabricando. Y no utilizo “fabricando” necesariamente en el sentido vulgar de inventar. Sería demasiado fácil. Se fabrica mediante la selección. Se decide qué testimonio merece conservarse, qué episodio representa mejor determinados valores, cuál personaje será convertido en ejemplo, qué detalle resulta secundario o incómodo, qué palabra se utiliza para nombrar al muerto de un lado y qué palabra se reserva para el muerto del otro. Una guerra puede ser contada utilizando hechos verdaderos y producir, sin embargo, una imagen profundamente incompleta.

Por eso tampoco quiero despachar La defensa de Polo Viejo diciendo simplemente que es propaganda. Sería injusto y además sería falso respecto a mi propia experiencia. El libro posee el valor de haber recogido una memoria todavía inmediata y de haber intentado convertirla en narración. Mi crítica está en otro lugar: en el marco dentro del cual aquella memoria podía ser contada. Había una versión legítima de la guerra y otra que apenas podía entrar en las páginas. Había héroes reconocibles y enemigos previamente definidos. El margen para la ambigüedad era estrecho. Y las guerras, cuando se cuentan bien, están hechas precisamente de ambigüedades.

Algo semejante sucede con Aquí se habla de combatientes y de bandidos, de Raúl González de Cascorro. El propio título contiene ya la arquitectura moral del relato: de un lado están los “combatientes”; del otro, los “bandidos”. No hace falta avanzar demasiado para saber a quién debemos admirar y a quién debemos condenar. Esa clasificación puede funcionar perfectamente para organizar una memoria política. Funciona mucho peor para hacer literatura. Porque la literatura necesita contaminar las categorías. Necesita permitir que un combatiente tenga miedo, que un héroe se equivoque, que un enemigo ame a sus hijos, que un hombre mate por cobardía y otro convencido de estar haciendo lo correcto. La literatura necesita ensuciar los uniformes.

Necesita impedir que sepamos desde la primera página quién irá al cielo y quién irá al infierno.

Por eso Los condenados de Condado, de Norberto Fuentes, ocupa para mí un lugar diferente dentro de esa bibliografía. No porque escape completamente a la perspectiva política de su época. No escapa. Pero introduce algo que buena parte de aquella literatura evitaba: suciedad, miedo, contradicción, cansancio, violencia, improvisación y una dimensión antiheroica de la guerra. En “El capitán descalzo”, uno de sus relatos, el combatiente comienza a dejar de ser una estatua ideológica y adquiere carne. Hay sudor, barro, cuerpos que pesan, hombres que se equivocan, una muerte que no siempre llega acompañada por una frase memorable. Por momentos la propaganda retrocede y la literatura comienza a respirar.

Norberto Fuentes regresó varias veces a ese mundo. Los condenados de Condado, Cazabandido, Nos impusieron la violencia forman parte de una relación persistente con aquel conflicto. No creo que ninguno de esos libros resuelva definitivamente el problema de cómo contar aquella guerra. Pero al menos Fuentes entendió algo esencial: una guerra se vuelve literariamente interesante cuando deja de parecer un desfile. Hay hambre. Hay miedo. Hay órdenes equivocadas. Hay muertos que no saben que están muriendo por una causa histórica. Hay hombres que llegan tarde. Hay cuerpos que después alguien tiene que recoger. Y existe una violencia que, una vez comenzada, termina adquiriendo su propia lógica, muchas veces independiente de las consignas que la originaron.

A esa biblioteca oficial se fueron sumando otros títulos: Hombres sin fusiles, de Lucía González Hernández; La lucha contra bandidos en Cuba, de José Suárez Amador; Bandidismo en el Escambray 1960-1965, de Julio Crespo Francisco; Hombres del Escambray, de Juan Carlos Rodríguez Cruz; y posteriormente investigaciones y reconstrucciones como Bandidismo. Derrota de la CIA en Cuba o textos relacionados con la interpretación de aquellas operaciones como parte de la confrontación entre la Revolución cubana y Estados Unidos. No todos son literatura en sentido estricto. Algunos pertenecen al testimonio, otros a la historia militar, otros a la memoria institucional. Pero juntos fueron construyendo una interpretación persistente: la insurgencia como brazo de una agresión contrarrevolucionaria apoyada desde Estados Unidos; el combatiente gubernamental como defensor de la soberanía y la Revolución; el alzado como instrumento, criminal o enemigo.

Una parte de esa historia tiene sustento documental y sería igualmente deshonesto negarlo. Hubo apoyo estadounidense a grupos y organizaciones que combatían al gobierno cubano. Hubo conexiones con operaciones organizadas desde el exterior, entrenamiento, recursos, contactos y una voluntad evidente de Washington de destruir o debilitar al nuevo régimen. Pero una cosa es reconocer esa participación y otra muy distinta reducir a todos los hombres que tomaron el monte a piezas intercambiables de una operación extranjera. Las guerras civiles nunca son tan limpias. No todos llegan al combate por la misma razón y no todos continúan en él por la razón que los llevó inicialmente.

No todos los alzados fueron iguales. Tampoco todos los milicianos.

Hubo antiguos revolucionarios que habían combatido a Batista y que pocos meses después terminaron enfrentados al gobierno que nació de aquella misma revolución. Hubo campesinos afectados por las transformaciones económicas y políticas. Hubo anticomunistas convencidos desde el principio. Hubo hombres vinculados a organizaciones del exilio y a operaciones financiadas desde Estados Unidos. Hubo fanáticos. Hubo criminales. Hubo oportunistas. Hubo hombres que probablemente ni siquiera comprendieron por completo el tamaño de la maquinaria histórica dentro de la cual se habían metido.

Y del otro lado hubo seres humanos exactamente igual de complejos.

Muchachos muy jóvenes enviados a perseguir hombres por montañas que apenas conocían. Campesinos incorporados a las milicias. Combatientes convencidos de que defendían una revolución que acababan de ayudar a conquistar. Oficiales ambiciosos. Hombres crueles. Hombres decentes. Hombres aterrados que cumplían órdenes porque no sabían hacer otra cosa. Hombres que probablemente no querían estar allí y hombres que no habrían aceptado estar en ninguna otra parte.

Eso es lo que casi nunca aparece con toda su dimensión.

Ahora bien, sería demasiado cómodo detener mi crítica en los libros publicados en Cuba. La historia no mejora necesariamente cuando cruzamos noventa millas de mar. Si desde La Habana se escribió durante décadas sobre “bandidos”, desde Miami se fue construyendo otra biblioteca en la que aquellos mismos hombres comenzaron a aparecer como “héroes”. Cambiaron los adjetivos, cambiaron las fotografías elegidas para las cubiertas, cambió el lugar desde donde se narraba la guerra, pero no siempre cambió el mecanismo que me interesa discutir: la necesidad de decidir, antes de abrir la primera página, quién tenía toda la razón.

Enrique Encinosa dedicó una parte importante de su trabajo testimonial a recuperar la memoria de los alzados en libros como Escambray: la guerra olvidada y posteriormente Héroes del Escambray. Esa bibliografía era necesaria. Sin ella conoceríamos todavía menos nombres, episodios y testimonios que durante décadas quedaron fuera de la historia publicada en la Isla. También textos como El clandestinaje y la lucha armada contra Castro, de Enrique Ros, intentaron reconstruir desde el exilio una resistencia mucho más amplia de la que admitía el relato oficial cubano. Es absurdo negar el valor documental de ese esfuerzo. Durante demasiado tiempo una de las partes tuvo el monopolio de la imprenta, de los archivos públicos, de los museos y de la interpretación histórica dentro de Cuba. Era inevitable que quienes habían sido reducidos a la palabra “bandidos” intentaran recuperar sus propios nombres.

Pero el vencido también fabrica sus héroes. También elimina contradicciones. También selecciona recuerdos. También necesita mártires.

El “bandido” de un libro publicado en La Habana puede transformarse, después de cruzar el estrecho de la Florida, en un patriota casi sin fisuras. El hombre acusado de criminal por una memoria puede quedar santificado por la otra. Y entre ambas versiones vuelve a desaparecer la persona concreta: el campesino, el guerrillero, el miliciano, el informante, la madre, el prisionero, el hombre que pudo comportarse con coraje un día y con cobardía al siguiente, el que cometió una atrocidad y después realizó un gesto de humanidad que no encaja en ninguna de las dos historias.

Quizás ese sea uno de los grandes fracasos de la bibliografía sobre aquella guerra: hemos construido dos memorias que durante demasiado tiempo se han gritado desde extremos diferentes.

De un lado: combatientes y bandidos. Del otro: héroes y verdugos. El problema literario sigue siendo el mismo. Ni “bandido” explica a un hombre. Ni “héroe” tampoco. La palabra verdaderamente difícil es hombre.

Y ahí está, en mi opinión, la novela que todavía falta.

No en decidir quién era bueno y quién era malo antes de comenzar a escribir, sino en entrar en la casa de una familia campesina donde quizás un hijo se fue con las milicias y otro ayudaba a los alzados. En la mujer que cocinaba para quien llegara armado porque sabía que negarse podía costarle la vida. En el muchacho de dieciocho años enviado a cercar una montaña sin comprender del todo quién estaba escondido arriba. En el hombre que había luchado contra Batista y que poco después descubría que estaba combatiendo contra antiguos compañeros. En el campesino que perdió su tierra. En el oportunista que encontró en la guerra una justificación para matar. En el agente infiltrado. En el delator. En quien traicionó. En quien tuvo miedo. En quien cambió de bando. En el que pasó cincuenta años sin contarle a sus hijos lo que realmente había hecho.

Ahí está la literatura. En la zona donde las dos propagandas se sienten incómodas.

Durante años trabajé dentro de una institución dedicada precisamente a conservar la memoria de aquella guerra. Vi documentos, fotografías, armas, expedientes, mapas, testimonios y objetos que terminaron convirtiéndose en piezas de una narración. Conocí historias que podían llegar a una vitrina y otras que probablemente jamás llegarían a ella. Y con el paso del tiempo he pensado cada vez más en estas últimas.

En lo que no llegó a las vitrinas.

Porque un museo, como un libro de historia, también selecciona. Todo lo que se muestra obliga a dejar otra cosa fuera. Y quizás la verdadera historia de un conflicto comienza precisamente cuando nos preguntamos por aquello que no fue elegido para ser recordado.

No digo esto para negar los crímenes cometidos por los alzados. Los hubo. Tampoco para borrar las víctimas revolucionarias ni convertir retrospectivamente a todos los insurgentes en libertadores democráticos. Eso sería sustituir una propaganda por otra y cometer exactamente el mismo pecado que estoy criticando. Hubo violencia contra civiles. Hubo asesinatos. Hubo venganzas y ajustes de cuentas. Hubo intervención extranjera. Hubo también represión, ejecuciones, operaciones militares de enorme magnitud, desplazamientos y una maquinaria estatal dispuesta a eliminar por completo la insurgencia. Si queremos comprender una guerra, hay que aceptar la parte desagradable de todos.

La literatura no está obligada a absolver. Pero tampoco debería trabajar como fiscal. El escritor no tiene por qué declarar inocentes a sus personajes. Lo que tiene es la obligación de devolverles su complejidad. Ahí es donde creo que hemos fallado.

Y quizá por eso, después de tantos libros, testimonios, memorias, documentales, películas y series de televisión, todavía siento que aquella guerra cubana no ha encontrado la gran obra literaria que merece. Tenemos versiones. Tenemos documentos. Tenemos héroes de un lado y héroes del otro. Tenemos muertos reclamados por memorias incompatibles. Tenemos una película como El hombre de Maisinicú, tenemos relatos alrededor de Alberto Delgado, tenemos historias sobre Tomassevich, sobre operaciones de infiltración, sobre milicianos y jefes de bandas, y más recientemente hemos visto regresar el conflicto a la televisión bajo nuevas formas. La memoria oficial no se construyó solamente mediante libros. También se construyó mediante el cine, la televisión, los monumentos, las escuelas, los museos y el lenguaje cotidiano.

Pero sigo preguntándome dónde están los hombres. No los héroes. No los bandidos. Los hombres. Quizás para escribir finalmente esa novela haya que escuchar primero a todos y desconfiar después de todos.

Habrá que entrar a los archivos oficiales y a los archivos del exilio. Leer los partes militares y las cartas privadas. Escuchar al miliciano y al alzado. Preguntar a las viudas. Buscar a los hijos. Comparar versiones. Reconocer mentiras. Aceptar que algunas preguntas no podrán responderse nunca. Y sobre todo habrá que renunciar a una comodidad que durante demasiado tiempo ha gobernado nuestra manera de contar Cuba: la certeza absoluta. Las guerras civiles no dejan certezas limpias. Dejan muertos. Dejan familias partidas. Dejan hombres que regresan y otros que nunca regresan. Dejan historias repetidas durante tantos años que terminamos confundiendo la memoria con la verdad. Yo vi una parte de esa memoria construirse. Vi nacer uno de esos libros. Trabajé dentro del lugar donde se conservaba una determinada versión de aquella guerra. Y quizá precisamente por eso, tantos años después, tengo derecho a decir que todavía nos falta contarla. Contarla sin pedir permiso a La Habana. Sin pedir permiso a Miami. Sin cambiar simplemente la palabra “bandido” por la palabra “héroe”.

Contarla como lo que fue: una tragedia cubana, protagonizada por cubanos, en la que hubo valor, miedo, ideales, fanatismo, heroísmo, crueldad, intereses extranjeros, decisiones políticas y seres humanos atrapados dentro de una historia que muy pronto dejó de pertenecerles. Eso es mucho más difícil que escribir propaganda. Pero ahí, precisamente ahí, comienza la literatura.

Eduardo René Casanova Ealo


Comentarios

Entradas populares de este blog

  La cola de Lola Nuris Quintero Cuellar   A mí sí que no me van a comer los perros, dijo la anciana no tan desvencijada pero agresiva. Tenía un pañuelo en la cabeza o más bien una redecilla negra que disimulaba un poco la calvicie y el maltrato de los años. Achacosa esclava de la máquina de coser y doliente de una voz casi nula. Como toda señora marcada por el quinto infierno, soledad y otros detalles del no hay y el no tengo, llevaba la desconfianza tatuada en los ojos. Miembro mayor de una familia rara, corta, disfuncional. Unos primos en el extranjero y cuatro gatos distantes al doblar de su casa. Familia de encuentros obligados en la Funeraria pero fue deseo de su sobrina Caro, contemporánea con ella regresar a Cuba. Vivir lo mucho o lo poco que depara la suerte en la tierra que la vio nacer. Gozar la tranquilidad de no sentirse ajena. Esa decisión preocupó sobremanera a la pirámide absoluta y el día de los Fieles Difuntos, no fue al cementerio. Nadie la vio por tod...
  Verónica vence el miedo   Manuel Eduardo Jiménez   Verónica es una jovencita de 18 años. Ella y su novio llevan ya 17 meses juntos. La relación ha sido afectiva en todo momento, claro, con sus altas y sus bajas como suele ocurrirle a la mayor cantidad de parejas. En las últimas dos semanas Verónica no es la misma, no sabe que le sucede a su cuerpo. Se siente agotada, cree que no puede con el cansancio que le da de momentos. Los deseos de vomitar no se le quitan cada vez que intenta comer algo. Piensa ser demasiado lo que tiene arriba. Y en realidad quiere ir al médico, pero teme solo algo, estar embarazada. No quiere platicar con nadie, su madre aprecia su hija un tanto rara, pero no logra entender lo que ocurre… Camilo, su novio, interrumpe la conversación cuando ella empieza a contarle a su amiga lo que pasa. Unas horas antes llegó con un test rápido de embarazo, entonces no quedaba más remedios que contarle a su amiga lo sucedido y esperar el resultado ...
  Maldita circunstancia Alberto Guerra Naranjo                                                       Sobre olas de cinco metros, El vikingo intentaba saltar como nunca. Pretendía, ante la mirada inquisitiva del grupo, que su tabla lo acompañara orgánica, ligera, natural, en su salto de trescientos sesenta grados. Y para lograrlo, El vikingo calculó la mejor de las olas, como si fuera un auténtico nativo de Hawái, antes de que llegara James Cook a exterminarlos. Nadó cauteloso, agazapado, tomó impulso, se paró sobre su tabla y saltó, como mismo debieron hacer los hawaianos, varios siglos atrás, para caer sobre ese inglés. Minutos antes, El vikingo conversaba con el grupo. Discutían. Desde que lo habían descubiert...