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Cuba entre la crisis y los libros: ¿qué puede hacer la literatura?

He estado mirando en las redes sociales algunas imágenes de la más reciente Feria del Libro en Cuba. A primera vista parece una feria más modesta que aquellas grandes concentraciones que muchos recordamos, pero también organizada, concurrida y, sobre todo, todavía capaz de reunir alrededor de los libros a escritores, lectores, editores y funcionarios culturales. Las fotografías tienen algo que me obliga a detenerme, porque detrás de esa normalidad aparente existe un país atravesado por una crisis enorme: apagones, escasez, deterioro de los servicios, salarios que apenas alcanzan, incertidumbre cotidiana y una emigración que ha ido vaciando familias, barrios y generaciones enteras. Y entonces surge una pregunta que no es nueva, pero que en momentos como este adquiere otro peso: ¿qué puede hacer la literatura cuando casi todo lo demás parece estar en crisis?

Puede parecer una pregunta improcedente cuando las preocupaciones de una familia son conseguir alimentos, resolver un medicamento, encontrar transporte o saber a qué hora regresará la electricidad. ¿Para qué comprar un libro cuando falta comida? ¿Para qué escuchar a un poeta cuando no sabemos cómo resolver el día siguiente? Son preguntas legítimas, pero quizás estén formuladas al revés. La literatura nunca ha necesitado que el mundo funcione correctamente para existir. Muchas veces ha ocurrido exactamente lo contrario. Los libros han acompañado guerras, exilios, dictaduras, epidemias, cárceles, derrotas y naufragios colectivos, no porque pudieran resolverlos, sino porque el ser humano necesita algo más que sobrevivir: necesita comprender, recordar, explicarse lo que está ocurriendo y, en ocasiones, imaginar que la realidad que tiene delante no es la única realidad posible.

Desde hace más de cinco años he procurado mantener abierto, desde Editorial Primigenios, un espacio para escritores cubanos que viven en la Isla. Lo hemos hecho muchas veces sabiendo que esas publicaciones no producirían ganancias para la editorial. No ha sido un proyecto de caridad ni una operación política. Ha sido, sencillamente, una decisión editorial: leer un manuscrito, preguntarnos si hay literatura allí y, cuando es posible, ayudar a convertirlo en libro. Una editorial independiente tiene que pagar sus cuentas, por supuesto, pero si todo lo que publica tiene que comenzar por una hoja de cálculo, entonces termina olvidando una parte importante de aquello para lo que fue creada. Hay libros que se publican porque pueden venderse y hay otros que se publican porque creemos que deben existir. No todo lo que vale la pena hacer cabe en una contabilidad.

Durante estos años nunca he considerado que un escritor deba presentar primero sus credenciales políticas para que yo lea sus poemas, su novela o sus cuentos. Algunos de esos autores pertenecen todavía a instituciones culturales cubanas. Otros mantienen posiciones críticas. Algunos prefieren no hablar de política y otros probablemente discreparían profundamente entre ellos si alguna vez se sentaran alrededor de una misma mesa. A mí me interesa primero el libro. Me interesa saber si existe una voz, si el texto tiene algo que decir, si hay una obra que merece encontrar lectores. La literatura cubana ya ha pagado un precio demasiado alto cada vez que alguien ha intentado dividirla entre los que están de un lado y los que están del otro, entre los que permanecieron y los que se marcharon, entre los aceptables y los sospechosos, entre los que pertenecen y los que deben ser borrados. Desde Primigenios hemos intentado, en la medida de nuestras posibilidades, no reproducir esa frontera.

Por eso observo con interés una feria del libro celebrada hoy en Cuba, en medio de semejante crisis. Conozco a muchos escritores que continúan viviendo allí y sé lo difícil que puede resultar publicar, conseguir materiales, mover un libro, organizar una presentación o simplemente conservar un proyecto cultural cuando alrededor todo se vuelve más complicado. Sería demasiado fácil mirar desde fuera y reducirlo todo a una consigna. No quiero hacerlo. Una feria organizada por el Estado forma parte, inevitablemente, de una estructura institucional y política; selecciona, jerarquiza, invita, excluye, establece determinados relatos sobre la cultura y deja otros fuera. En Cuba esa tensión entre literatura e institución no es nueva. Pero sería también un error pensar que cada persona que entra en una feria, compra un libro o escucha a un escritor participa necesariamente de ese discurso. Los lectores suelen ser más libres que las instituciones. Un libro, una vez publicado, comienza una vida que nadie puede controlar del todo.

Por eso me interesan más las imágenes de los lectores que las ceremonias. Me interesa la persona detenida frente a una mesa, el muchacho que hojea un poemario, dos escritores conversando en un pasillo, alguien que quizás no pueda comprar tres libros pero consigue llevarse uno. Ahí comienza otra historia, una historia que ya no pertenece por completo a los organizadores, ni a los funcionarios, ni siquiera al autor. El libro cambia de manos y empieza a producir sus propias preguntas. Esa ha sido siempre una de las pequeñas insolencias de la literatura: puede nacer dentro de una institución y terminar diciendo algo que esa misma institución no habría previsto.

Cuba vive un tiempo que inevitablemente entrará en su literatura. No puede ser de otra manera. La poesía, la narrativa, el ensayo y el testimonio cargarán, lo quieran o no, con estos años. Algunos escritores hablarán directamente de la crisis; otros escribirán aparentemente de otra cosa, pero incluso el silencio estará contaminado por ella. Una época termina entrando en los libros aunque los escritores intenten cerrarle la puerta. Ocurrió con las guerras, con los primeros años de la Revolución, con el exilio, con el Mariel, con el Período Especial y con las sucesivas diásporas. Ocurrirá también con estos años. Dentro de veinte o treinta años, cuando alguien quiera comprender qué sucedió en Cuba durante esta década, no bastarán los discursos oficiales, los informes económicos ni las estadísticas. Habrá que leer las novelas, los poemas, los diarios, los testimonios, los correos, las pequeñas historias que hoy parecen insignificantes.

La literatura guarda aquello que las estadísticas no saben registrar. Una cifra puede decir cuántas personas emigraron; un poema puede decir lo que sintió una madre cuando cerró por última vez la puerta detrás de su hijo. Una estadística puede medir las horas de apagón; una novela puede contar qué ocurre dentro de una casa cuando la oscuridad dura toda la noche. Una tabla económica puede explicar la inflación; un cuento puede mostrarnos a alguien parado frente a un mostrador calculando qué alimento deja de comprar. Ahí está una de las funciones de la literatura: no sustituir la realidad ni embellecerla, sino devolverle rostro, cuerpo, miedo, deseo y memoria.

La literatura cubana, además, hace décadas que dejó de caber completamente dentro de la geografía de la Isla. Se escribe en La Habana y en Miami, en Madrid, México, Buenos Aires, París, Berlín y en muchas otras ciudades. Esa dispersión no ha destruido nuestra literatura; la ha convertido en otra cosa. El idioma, la memoria y ciertas obsesiones continúan viajando con los escritores, y quizá uno de los grandes desafíos de la cultura cubana futura sea aceptar definitivamente esa realidad: comprender que un escritor no deja de pertenecer a una tradición porque cambie de país, que un libro publicado fuera de Cuba también forma parte de la literatura cubana y que ninguna institución posee el derecho exclusivo de decidir dónde comienza o termina una cultura.

Durante estos años he intentado que Primigenios funcione, aunque sea modestamente, como uno de esos pequeños puentes. No un puente político, sino un puente de libros: entre escritores que permanecen en Cuba y lectores que viven fuera; entre autores de distintas generaciones; entre personas que probablemente discrepen profundamente sobre muchas cosas pero que todavía pueden reconocerse dentro de una lengua y de una tradición literaria común. No siempre genera ganancias. A veces no genera ninguna. Pero también una editorial necesita preguntarse de vez en cuando para qué existe. Publicar no puede ser solamente imprimir, colocar un precio y esperar una venta. A veces publicar significa acompañar a un escritor cuando las posibilidades materiales disminuyen, ayudar a que un manuscrito no quede detenido dentro de una computadora, hacer circular una voz que de otra manera tendría muy pocas posibilidades de atravesar ciertas fronteras.

Quizás por eso me alegra que, aun en medio de la crisis, continúen existiendo ferias, presentaciones y lectores. No porque una feria pueda ocultar lo que sucede en el país, ni porque los libros deban utilizarse como decoración de una normalidad que no existe. Todo lo contrario. Precisamente porque la situación es grave, la literatura tiene todavía más responsabilidad de mirar, registrar, preguntar y no conformarse con los relatos ya preparados. Una feria tiene verdadero sentido cuando permite que circulen distintas voces, cuando el lector puede encontrarse con un libro que lo contradiga, cuando la cultura deja de ser solamente celebración y se convierte también en interrogación.

Los libros no van a encender las plantas eléctricas. No van a llenar los mercados. No van a detener la emigración. No van a reparar un hospital ni a resolver una crisis económica. La literatura nunca tuvo ese poder, y exigirle que lo tenga sería condenarla a una misión imposible. Tiene otro poder, más modesto y quizás más duradero: impedir que una sociedad atraviese una época terrible sin dejar testimonio de ella. Conservar las voces que algún día intentarán explicar lo ocurrido. Recordarnos que detrás de cada cifra hay una persona. Mantener abierta una zona de la imaginación cuando muchas otras puertas parecen cerrarse.

Por eso, mientras miraba las imágenes de esta Feria del Libro, pensé tanto en quienes estaban allí como en quienes faltaban. Toda feria es también una fotografía de sus ausencias. Están los que permanecen y los que se marcharon; los que pueden publicar y los que todavía esperan; los que forman parte de las instituciones y los que escriben lejos de ellas. Todos, sin embargo, pertenecen de alguna manera a una conversación que debería ser más grande que cualquier frontera política o geográfica.

Quizás ese sea uno de los papeles de la literatura cubana en este momento: impedir que terminemos hablándonos únicamente desde trincheras distintas. Seguir publicando. Seguir leyendo. Seguir discutiendo. Seguir tendiendo puentes allí donde otros prefieren levantar aduanas. Porque un país puede atravesar una crisis económica, política y social muy profunda, pero la pérdida sería todavía mayor si también renunciara a imaginarse, narrarse y recordarse. Y para eso, todavía, hacen falta los libros.

Eduardo René Casanova Ealo

Editorial Primigenios

 

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