Ir al contenido principal


 

Los puentes

«Una multitud fluía sobre el puente de Londres, tantos;
nunca pensé que la muerte hubiera deshecho a tantos.»
—T. S. Eliot, La tierra baldía

No hay ningún puente entre Cuba y los lugares adonde han ido a parar muchos de los que aparecen en este libro. No hay ningún puente. Solo caminos en el aire y en el agua.
Algunos murieron mucho antes de que esos caminos en el aire se convirtieran casi en una razón de existencia para tantos escritores cubanos. Otros se fueron después. A distintas ciudades, a distintos países. Otros permanecieron en Cuba. Y así, aquel grupo que alguna vez pudo reunirse dentro de las páginas de un pequeño libro publicado en La Habana terminó dispersándose, como se dispersan casi todas las cosas cuando intervienen el tiempo, la muerte y la historia.
Yo era muy joven cuando conocí a Víctor Fowler. Hablamos de poesía, de libros. Ya no puedo precisar si fue en la Biblioteca Nacional o en una de aquellas calles de Trinidad, adonde Víctor llegó, nos miró a todos, nos saludó y empezamos a hablar. La memoria tiene esas trampas: borra el sitio y conserva la conversación.
Después de aquello han pasado más de treinta años.
Y yo sigo aquí, buscando las huellas de quienes me antecedieron. Gente que escribía desde Matanzas, La Habana, Santa Clara, Las Tunas; poetas que conocí en encuentros literarios, en tertulias, en viajes, en esas conversaciones interminables en las que creíamos que la poesía era una cosa suficientemente importante como para pasarnos una noche entera hablando de ella.
Éramos tan jóvenes. Estábamos tan llenos de ilusiones. Tan llenos de poesía.
Y heme aquí, tantos años después, parado nuevamente frente a estos versos que me han acompañado durante buena parte de mi vida.
Cada vez que tomo un avión suelo llevar conmigo este ejemplar. Está ajado, amarillento, remendado. Ha envejecido conmigo. Lo abro y vuelvo a buscar a Tosca, a Sicilia, a Fowler, a Damaris, a Emilio García Montiel y a tantos otros. Vuelvo a poemas que conozco desde hace décadas y, sin embargo, algunas veces encuentro en ellos algo que no había visto.
También faltan muchos.
Fowler y Ponte lo dijeron desde el principio: aquello no pretendía ser la antología de una generación. Era un retrato de grupo. Hubo poetas que no respondieron a la convocatoria; otros quedaron fuera por decisión de los seleccionadores; otros quizá escribían todavía en las sombras, mientras sus poemas circulaban de mano en mano, como circulaba entonces buena parte de la poesía cubana.
El libro apareció en 1989. Un libro humilde, pequeño, impreso sobre un papel que el tiempo se encargaría de volver amarillo. Nadie podía saber entonces qué sería de aquellos jóvenes.
Y tal vez ahí comienza la verdadera historia de esta reedición.
Porque han pasado más de treinta años y mucha gente ya no sabe quién fue Dopico, quién fue Tosca. Algunos nombres se han ido borrando. Algunos de aquellos poetas murieron. Otros envejecieron lejos de la ciudad donde escribieron estos versos. Muchos están dispersos por el mundo.
Cuando anuncié que quería reeditar Retrato de grupo, alguien me escribió en Facebook. Me dijo que todavía conservaba su ejemplar, comprado en aquellos años, y que lo había llevado consigo a todas partes.
Entonces comprendí que no era el único.
Yo también lo he llevado de casa en casa. Cada vez que me he mudado, ha terminado en la caja de los libros que no pueden perderse. Cuando he tenido que escoger cuáles libros van conmigo, este pequeño volumen deteriorado siempre encuentra un espacio.
Quizá por eso estamos haciendo esta edición.
No para reconstruir artificialmente una generación ni para decidir, tantos años después, quién tuvo razón, quién escribió los mejores poemas o quién ocupó finalmente el lugar que imaginaba para sí cuando tenía veinte o treinta años. Tampoco para corregir retrospectivamente aquel libro.
Lo hacemos para ponerlo otra vez delante de los lectores.
Para devolver a la circulación unas voces.
Para dejar constancia de que estuvieron aquí.
Eliot vio una multitud atravesando un puente y pensó en todos aquellos que la muerte había deshecho. Nosotros ni siquiera tenemos ese puente. Entre aquella Cuba y los sitios donde hoy viven —o donde murieron— muchos de estos poetas solo quedan caminos de aire y de agua, fotografías, recuerdos, libros que sobrevivieron milagrosamente a las mudanzas y unos cuantos versos.
¿Vale la pena cargar con las imágenes de una generación que ya no existe como generación, dispersa ahora por el mundo?
¿Vale la pena rescatar este pequeño libro después de tantos años?
Yo podría responder.
Pero prefiero no hacerlo.
Que cada lector abra Retrato de grupo, vuelva a escuchar estas voces y encuentre su propia respuesta.

Comentarios

Entradas populares de este blog

  La cola de Lola Nuris Quintero Cuellar   A mí sí que no me van a comer los perros, dijo la anciana no tan desvencijada pero agresiva. Tenía un pañuelo en la cabeza o más bien una redecilla negra que disimulaba un poco la calvicie y el maltrato de los años. Achacosa esclava de la máquina de coser y doliente de una voz casi nula. Como toda señora marcada por el quinto infierno, soledad y otros detalles del no hay y el no tengo, llevaba la desconfianza tatuada en los ojos. Miembro mayor de una familia rara, corta, disfuncional. Unos primos en el extranjero y cuatro gatos distantes al doblar de su casa. Familia de encuentros obligados en la Funeraria pero fue deseo de su sobrina Caro, contemporánea con ella regresar a Cuba. Vivir lo mucho o lo poco que depara la suerte en la tierra que la vio nacer. Gozar la tranquilidad de no sentirse ajena. Esa decisión preocupó sobremanera a la pirámide absoluta y el día de los Fieles Difuntos, no fue al cementerio. Nadie la vio por tod...
  Verónica vence el miedo   Manuel Eduardo Jiménez   Verónica es una jovencita de 18 años. Ella y su novio llevan ya 17 meses juntos. La relación ha sido afectiva en todo momento, claro, con sus altas y sus bajas como suele ocurrirle a la mayor cantidad de parejas. En las últimas dos semanas Verónica no es la misma, no sabe que le sucede a su cuerpo. Se siente agotada, cree que no puede con el cansancio que le da de momentos. Los deseos de vomitar no se le quitan cada vez que intenta comer algo. Piensa ser demasiado lo que tiene arriba. Y en realidad quiere ir al médico, pero teme solo algo, estar embarazada. No quiere platicar con nadie, su madre aprecia su hija un tanto rara, pero no logra entender lo que ocurre… Camilo, su novio, interrumpe la conversación cuando ella empieza a contarle a su amiga lo que pasa. Unas horas antes llegó con un test rápido de embarazo, entonces no quedaba más remedios que contarle a su amiga lo sucedido y esperar el resultado ...
  Maldita circunstancia Alberto Guerra Naranjo                                                       Sobre olas de cinco metros, El vikingo intentaba saltar como nunca. Pretendía, ante la mirada inquisitiva del grupo, que su tabla lo acompañara orgánica, ligera, natural, en su salto de trescientos sesenta grados. Y para lograrlo, El vikingo calculó la mejor de las olas, como si fuera un auténtico nativo de Hawái, antes de que llegara James Cook a exterminarlos. Nadó cauteloso, agazapado, tomó impulso, se paró sobre su tabla y saltó, como mismo debieron hacer los hawaianos, varios siglos atrás, para caer sobre ese inglés. Minutos antes, El vikingo conversaba con el grupo. Discutían. Desde que lo habían descubiert...