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Ilustración: Mario García Portela
Del libro Todos vivimos en Oz, Editorial Primigenios.



La casa feliz

 

“And honoured among foxes and pheasants by the gay house,

under the new made clouds and happy as the heart was long,

in the sun born over and over,

I ran my heedless ways”

Fern Hill

Dylan Thomas

 

 

Cuando leímos en Internet que estaban intentando repoblar un pequeño pueblo del interior, y para lograrlo entregaban las granjas abandonadas con lo que tuvieran adentro, no lo pensamos dos veces. Además, estaban las letras rojas aclarando: «Oferta limitada a las primeras 10 familias». Llenamos la aplicación, rezando para quedar entre esos primeros; cumplíamos el requisito esencial: familia numerosa, miembros de ambos sexos en edad laboral, compromiso de permanecer un mínimo de cinco años en la comunidad…

Llegado el día, un autobús pasó a recogernos. Habíamos liquidado todo en una venta de garaje; marchamos apenas con nuestras ropas, teléfonos móviles, la caja de herramientas de mi padre y un secador de pelo para las mujeres.

Al bajarnos en un descampado cercano al punto de destino, vimos al resto de las familias, a la espera de su turno con el guía. Exhibían caras radiantes, no podía ser de otro modo, éramos los triunfadores: en medio de la crisis se nos ofrecía empleo y viviendas amuebladas.

La ubicación se hacía para cada familia por separado. Nadie intentó siquiera iniciar una conversación. Tensión aparte por la espera, no tenía sentido socializar, lo haríamos con el paso del tiempo. Las granjas se hallaban a respetable distancia unas de otras, pero en algún momento iríamos a conocerlos.

En el camino preguntamos al guía por qué se había producido aquel éxodo. Nos explicó que no había sido de golpe: los miembros más jóvenes fueron marchando a las grandes urbes a estudiar o a buscar empleo; luego que se acomodaron, comenzaron por llevarse a los padres, pagaron los estudios de los hermanos menores, si habían dejado una novia a la espera regresaron a buscarla; fuera como fuera, habían fundado familias nuevas en la ciudad, sin deseos de volver la vista atrás…

En medio siglo el pueblo se había quedado vacío.

Ante la imposibilidad de vender las fincas, dada la falta de capital que estábamos enfrentando y que nadie quería pagar por vivir y trabajar en el campo, los herederos se pusieron de acuerdo con el gobierno de la zona por un precio mínimo. La idea fue aprobada, seguida de la iniciativa de repoblación. Más tarde se propuso incluir suministros para dos meses, en adición de servicio gratuito de agua corriente, electricidad y gas licuado por el mismo periodo.

La conversación se detuvo, habíamos llegado. La casa se hallaba en muy buen estado, a pesar del polvo, las telarañas y algunas ratas, que ya nos encargaríamos de eliminar. Los muebles eran del sólido estilo de las casas rurales; el horno funcionaba, la bomba de agua también, la enorme nevera comenzó a enfriar en cuanto la enchufamos. No había televisor, ni radio, ni una línea telefónica; dependeríamos de nuestros móviles. Debimos adivinar que «todo amueblado» no incluía ese género de comodidades…

A cambio, en la sala había estanterías con una excelente colección de libros, casi todos encuadernados en piel. Eché una rápida mirada a los títulos de los lomos, había de todo un poco: poesía, novela, teatro, ensayos, compilaciones de cuentos, una Biblia, una enciclopedia… En el suelo descansaba un baúl donde calculé casi un centenar de revistas del National Geographic. Me sorprendió agradablemente el nivel cultural de los propietarios anteriores.

Fui con mi hermano a revisar el fondo: un matorral, de donde vimos salir disparado a un zorro, se adivinaba como huerto; más allá, lo que fue un establo, un gallinero, un granero. A pesar de creernos en el paraíso, antes de firmar el contrato de transferencia de la propiedad, surgió el aluvión de preguntas: ¿Cómo haríamos para comprar las semillas, el pienso para el ganado? ¿Cuándo nos serían entregados los animales? ¿Se nos concedería crédito, a qué plazo? ¿A quién debíamos dirigirnos para cualquier queja o preocupación? ¿Y las herramientas para trabajar la tierra?

—No se preocupen —nos dijo el guía—. Todo se les dará en tiempo. Tampoco se alarmen por los zorros, todavía no han perdido la costumbre de merodear por los gallineros vacíos, pero no llegan a las casas; más adelante les entregaremos trampas. Lo importante es que comiencen a acondicionar la granja. Dentro de unas horas vendrán a traerles los primeros suministros. El muchacho que maneja el transporte se llama Andrés. A partir de hoy vendrá cada lunes a las nueve, cualquier queja la tramitan con él.

¿Quejas… dijo? ¡Después que vino el tal Andrés, ni pensarlo! Nos enviaron comida como para un regimiento, postres surtidos, seis botellas de whisky y una caja de vinos, asegurándonos que la semana próxima habría helados, que no se arriesgaron porque antes querían comprobar si funcionaba la hielera.

—Se ve que están desesperados por repoblar, mira cuántos lujos. Un pueblo tan apartado y con tanta tierra fértil, se les iba a volver un desierto —dijo mi padre ayudando a descargar los productos.

Terminada la limpieza, el nuevo hogar daba gusto. Mi hermana alegó que estaba exhausta, se encerró en su cuarto con un turrón y una novela que tomó de los estantes. Mi madre agarró un pomo de Nutella y se fue para la cocina… No hay quien entre en sus dominios cuando está cocinando. Mi padre agarró una botella de vino, se tumbó en el sofá y a los cinco minutos roncaba como un bendito.

Al quedar sin nada que hacer, mi hermano y yo comenzamos a extrañar la televisión por cable y la Internet. Nuestros móviles estaban sin cobertura. Eso nos puso de tan mal genio que se nos fue de nivel el tono de las protestas.

—¡Al diablo con la manía de estar pegados a Internet! ¡Todo eso no hace más que envenenarles el cerebro! —Mi padre despertó más malhumorado que de costumbre—. ¡Cuando lleguen las semillas y el ganado no van a tener tiempo de pensar en tanta basura!

Mi madre asomó para asentir, las risas de mi hermana nos llegaron desde el otro lado. Nadie parecía recordar que habíamos aplicado gracias a nuestra manía de Internet.

En fin, si la cosa era esperar, había que verle lo positivo: tendríamos unas vacaciones de dos meses en medio del Edén…

No hicimos más preguntas, nos dimos cuenta de cuánto perderíamos si por hacer demasiadas nos retiraban algún beneficio. Tampoco mis padres volvieron a indagar por el ganado. Estábamos tan relajados, libres de tensiones, empalagados de delicias culinarias, que no deseábamos que il dolce far niente llegara a su término.

El lunes en que cumplíamos cincuenta y nueve días, con el muchacho de los suministros llegó la respuesta. Cuánto quisiera que no hubiera llegado…

Estoy dejando testimonio escrito por si un futuro habitante de la finca levanta esta losa de la cocina a tiempo, si es que antes no la descubren los misteriosos encargados del gobierno de la zona:

Tras explicar que por cierta demora en el almacén, esta vez demorarían veinticuatro horas, y pedirnos sinceras disculpas de parte de la administración, Andrés se despidió, hizo como que se retiraba, avanzó unos cincuenta metros, se paró al borde del camino, miró a su alrededor y, al no ver a nadie, chasqueó los dedos.

No me vio por puro azar. Me acababa de sentar a leer bajo un arbusto. Le había tomado el gozo a la lectura, este era el quinto poemario de Dylan Thomas que me leía. Todo comenzó cuando me llevé a escondidas para mi cuarto El mapa del amor, pensando que era un manual de posturas eróticas.

Un zorro salió de los matorrales, se le acercó… y juro que estuvieron dialogando…

Obvio, no como en una fábula de Samaniego, usaron una suerte de lenguaje de señas. Luego de esto, el zorro se internó de un salto en el hierbazal y Andrés se marchó. Antes de verlo desaparecer de mi campo de visión, ya sabía por qué no acababan de llegar las semillas, las herramientas de labranza, las vacas, los caballos, las cabras, ni las gallinas:

Somos el ganado.

Los verdaderos dueños de la tierra vendrán esta noche. ¿Vale la pena avisar a mi familia, a los vecinos que no nos ocupamos de conocer, entretenidos como estábamos en engordar como cerdos? Dirían que es una broma de mal gusto, pensarán que he bebido de más.

En el imposible caso de que me crean, seríamos igualmente derrotados. No creo que sirvan de mucho un par de destornilladores, un cuchillo de cocina y un secador de pelo.

Prefiero no imaginar, mucho menos calcular su número… aún en contra de mi voluntad, puedo sospecharlo. Lo más difícil de digerir fue comprobar que cuentan con aliados de nuestra especie. ¿A cambio de qué? Mejor no saberlo. ¿Acaso importa?

Intentar la huida solo aceleraría los acontecimientos. Me consuela la esperanza de que todo concluya rápido. Acude a mi memoria un reportaje del National Geographic, sobre un europeo que convivió entre caníbales: «la carne humana es deliciosa y tiene un sano poder nutritivo».

Son tan inteligentes que aprovechan hasta las pieles, el forro de los libros ofrece un tacto exquisito; había observado que los colchones estaban rellenos de pelo «de caballo». ¿La biblioteca se habrá formado a partir de libros de antiguos propietarios, o habrán alcanzado el placer de la lectura?

Sé que no somos el bando ganador. Las neveras guardarán nuestros restos. Nadie nos reclamará, no por gusto hicieron tan cuidadosa selección. No fueron las diez primeras familias, sino las que no dejaban nada tras ellas.

Pasado un tiempo, volverá a aparecer el anuncio en la red de redes. LA CASA FELIZ

 

 

Marié Rojas Tamayo

 

 

 

 

Nota de la autora: Este cuento forma parte del libro Todos vivimos en Oz, Editorial Primigenios, en proceso de reedición. LA CASA FELIZ

 


Comentarios

  1. Gracias por aceptar mi colaboración y, con mucho cariño, gracias a Mario Garcia Portela y su esposa Maricuqui por cederme estás increíbles ilustraciones. El libro es también un catálogo de la obra de este genial paisajista cubano.
    Marié Rojas

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