La cortina de sábana
Mi mujer dice que la cortina está rota. Que el agujero crece cada noche. Que un día va a desaparecer y entonces no va a haber nada entre nosotros.
Yo solo veo una sábana vieja colgando de un alambre. Ella ve el fin.
Detrás, mi mujer y mis dos hijos. Adelante, yo. Los que dormían en el colchón grande y el que dormía en el catre, al otro lado. La puerta de madera contrachapada, con un hueco en la parte baja. La ventana sin marco, solo un hueco en la pared. El piso de tierra apisonada. La cortina era lo único que nos separaba. Y ni siquiera eso funcionaba.
Eran las siete de la mañana. El sol ya quemaba. Yo llevaba una hora bebiendo. Mi mujer se levantó del colchón y caminó hasta la cortina.
—Los niños van a la escuela —dijo.
—¿Y qué?
—Y tú vas a la calle. A buscar trabajo.
—No hay.
—Sí hay. En la obra, en el mercado, donde sea.
—No hay.
—Tú no sabes.
—Sí sé. Sé que te sientas aquí todos los días con esa botella y que los niños se van sin desayunar.
—No es mi culpa.
—¿De quién es, entonces?
—De la vida.
—Eso dices siempre.
—Porque siempre es igual.
—No, no es igual. Cada día es peor. Cada día te pareces más a él.
—¿A quién?
—A tu padre.
Esa palabra me golpeó. Mi padre. El que bebía hasta caerse. El que nos dejó en la calle. El que nunca volvió.
—No me compares con él.
—Solo digo lo que veo.
—No ves nada.
—Veo que la cortina está rota. Tiene un agujero. Y cada día es más grande.
—¿Y qué quieres que haga?
—Que la arregles. Que arregles algo. Cualquier cosa.
—No sé arreglar cortinas.
—Sí sabes. No quieres.
—No quiero, entonces.
—¿Y qué quieres?
—Quiero que me dejes en paz.
—Eso no puedo. Porque cuando te dejo en paz, te quedas solo con la botella.
Me levanté. Caminé hasta la cortina. La agarré con la mano. La tela era delgada. Podía ver su silueta del otro lado.
—No la toques —dijo.
—No la voy a romper.
—Ya la estás rompiendo.
Miré mi mano. Mis dedos aferrados a la tela, tirando de ella. El agujero se estiraba.
—No me doy cuenta —dije.
—Eso dices siempre.
La solté. La cortina volvió a su lugar. Me senté en la silla. La botella en la mesa.
Mujer: No me doy cuenta. No me doy cuenta de nada. Cuando la agarro, no sé que la estoy agarrando. Cuando tiro, no sé que estoy tirando. Cuando rompo, no sé que estoy rompiendo. Solo sé que ella está al otro lado. Y que el agujero crece. Y que un día no va a haber cortina. Y ese día, ella no va a estar. Y yo, al otro lado, voy a mirar el hueco y no voy a saber qué hacer.
—No bebas más —dijo ella.
—No me digas lo que hago.
—No te digo lo que haces. Te digo lo que ya hiciste.
—¿Qué hice?
—Ya no te acuerdas.
—Dímelo.
—No vale la pena.
—Dímelo, carajo.
Se quedó callada. La cortina se movió. Una mano asomó por el borde.
—Ayer le pegaste a la cortina. Con el niño detrás.
—No le pegué a nadie.
—Le pegaste a la cortina. Con él detrás.
—No recuerdo.
—Yo sí.
Bebí otro trago.
—No es cierto.
—Es cierto. Y lo sabes.
—No es cierto.
—Entonces mira.
Agarró la cortina y la abrió.
Ahí estaba mi hijo. El menor. De pie, detrás de ella. No lloraba. No temblaba. Solo miraba. Con los ojos fijos. Como un animal que ha aprendido a no moverse.
—¿Qué haces ahí? —le pregunté.
—Nada —dijo.
—Anda a la escuela.
—Ya me voy.
—Anda.
—Voy.
Pero no se movió. Se quedó mirándome. Y en su mirada no vi miedo. Vi algo peor. Vi una pregunta.
Papá: ¿Por qué no te acuerdas? ¿Por qué no te acuerdas de nada? ¿Por qué no te acuerdas de cuando me agarraste del brazo? ¿De cuando empujaste la cortina y me caí? ¿De cuando me dijiste que no llorara? ¿Por qué no te acuerdas? A veces creo que sí te acuerdas. Y que solo finges. Para no tener que pedir perdón.
—Voy a la calle —dije.
—Sin la botella.
—No puedo.
—Puedes.
—No puedo.
—Puedes.
—No puedo, carajo.
—Puedes, carajo.
La agarró. No sé cómo. No recuerdo. Pero la botella ya no estaba en mi mano. Estaba en la suya.
—Vete sin botella —dijo.
—Me voy.
—Vete.
—Me voy.
—Vete.
Salí. La puerta de madera contrachapada. El hueco en la parte baja. La ventana sin marco. El sol.
Caminé hasta la esquina. El perro de la vecina ladró. Me detuve. Miré hacia atrás.
La cortina se movía con el viento. A través del agujero, vi su silueta. La de ella. Acostada en el colchón. Con los brazos abiertos, como esperando a alguien.
Y el niño. Parado al lado de la cortina. Mirándome.
No volví.
No porque no quisiera.
Sino porque ella, sin decirlo, ya había decidido que la cortina no se iba a correr nunca más.
Pero el niño me siguió mirando.
Desde la ventana sin marco.
Desde el hueco de la puerta.
Desde el agujero en la cortina.
Y supe que él sí recordaba.
Él sí recordaba todo.
Sobre la autora
Liyanet Caraballo Ulloa es escritora cubana, instructora de artes plásticas, licenciada en Comunicación Social y metodóloga de Educación Municipal en Aguada de Pasajeros, Cienfuegos.
Es autora de Despedida, su primer libro, y trabaja actualmente en Testigos, volumen aún inédito integrado por doce cuentos sobre las consecuencias familiares y sociales del alcoholismo en Cuba.
Creció escuchando más de lo que hablaba y aprendió que las cartas no siempre llegan a su destino, pero que merece la pena escribirlas de todos modos. Escribe desde la madrugada, cuando el silencio pesa tanto como la tinta.
Vive escribiendo. Escribe viviendo.

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