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Rafa

Fragmento de la novela Mariquita

Ernesto González

Rafa, el mayor de nosotros tres, con qué entusiasmo te fuiste a estudiar física nuclear en la Universidad Lomonosov de Moscú, vas a ser el pionero de esa especialidad en Cuba y América Latina, vas a ser un gran investigador, vas a escribir un libro sobre la energética nuclear cubana, distinta a cualquier energética del mundo, y vas a crear un átomo latinoamericano, distinto a cualquier átomo del universo. Rafa, has sido seleccionado entre los mejores expedientes de bachillerato del país, das un paso trascendental que te conducirá a ser un honorable ciudadano y un gran científico servidor de tu patria. Te embarcas para Europa, atraviesas el estrecho de Gibraltar y las arenas de España, y las costas de Marruecos y Argelia; y vas a enamorarte de los delfines que te han ido acompañando en la travesía a ambos costados del barco; y te cuidas de los maricones tapados; y conoces a Luis (¡un mulato que estaba!) y a Caridad, quienes a la semana de embarcados no aguantaron y una madrugada abandonan sus respectivos camarotes para encaramarse en uno de los botes salvavidas de la cubierta, y se olvidan de que estaban en un buque en alta mar y, dámela pipo, dámela mima, dámela pipo, dámela mima, dámela, dale. Y unos se despiertan y se asoman por el puente de mando, y por babor y por estribor, dámela pipo, dámela mima; y en la oscuridad, dámela pipo, dámela mima; y opacando el ruido de las olas y de la hélice, dámela pipo, dámela mima, ¡mima!, ¡ay pipo, ay pipo! ¡Dámela mima!

Nevaba en Odesa cuando el buque Grusia atracó en uno de los muelles del puerto. Se instalaron en los albergues de becados. Rafa lo conoció ese mismo día, en el baño colectivo, bañándose.

La cabeza del húngaro choca con la ducha y se agacha para que el agua le corra completamente desde los pelos hasta el calcañal. Ojos grandes, de gitano curioso, una nariz de porrón y una bocaza y un cuerpo de negro estibador de los muelles; y una mirada que se hermosea de verde, azul y castaño, y no sabremos nunca de cuántos destellos adicionales, y que encandiló a mi amigo Rafa.

Polacos, checos, búlgaros, macedonios, rusos, se restregaban sus espaldas y bromeaban con esa manera eslava de empujarse, jugar de manos y reírse de un gesto insignificante de fastidio del amigo; y Rafa mira de soslayo las soberbias extremidades de Matías, va de los muslos al pecho, del pecho a los pies, pies de campesino húngaro, venoso, de dedos gruesos y tobillos muy anchos y pantorrillas ligeramente vellosas, único sitio del cuerpo de Matías donde habían nacido esos hilitos dorados que te encantaba morder y arrancar, Rafa, y caíste muerto por la belleza bucólica, fabuladora y danubiana del uraloaltaico que se bañaba a tu lado; y enjabonándote piensas en esos legados que cada raza deposita en sus varones, para maldición del homosexual; y mi amigo siente un toquecito de jabón en el brazo: Matías le pedía que le enjabonara la espalda.

Incrédulo, Rafa agarra el jabón y estrega el lomo ancho del húngaro, que se ha inclinado para facilitar la empresa; y estrega sin descanso, como si hubiera viajado a Europa a especializarse en estregones y no a estudiar física nuclear; y con la esponja estrega más, en forma de círculo sobre los omóplatos, a lo largo de la columna, siguiendo la dirección de las vértebras (qué maravilla de torso, me quedo corto con lo que les cuento, se los juro); hasta que un gesto suave de Matías y una sonrisa de sus labios coloradotes detienen al tenaz estregador.

Terminan el baño y principian la amistad. Se comunican en inglés, y el húngaro viene a visitar a Rafa al cuarto que comparte con un checo dormilón, también seleccionado para estudiar física; y una noche helada, luego de beber mucho vodka, el checo empezó a roncar, y a Rafa y a Matías les da por jugar de manos, y de repente quedan boca a boca, cara a cara, respirándose, oliéndose, y se besan y se aprietan y retozan; y hay un siguiente retozo en el baño, cuya puerta aseguran por dentro, y Matías se sienta en la taza por indicación de Rafa (córrete para la punta, ve, le habrás dicho en un español ininteligible para el húngaro); y de espaldas, Rafa, te le sientas encima y la desapareces y te mueves con ese telurismo sincrónico que saca fuego, locura y savia, y no se cayeron de la taza porque los brazos de Matías se aguantaban de la pared; y ambos jadean y sudan y terminan al unísono, sin aviso ni anticipación, y el húngaro recuesta su cabeza en tu nuca, Rafa, descansa unos minutos y se levanta desconcertado por lo intenso que lo has hecho disfrutar.

Y se queda a dormir en el albergue de Rafa, encima de Rafa, debajo de Rafa, sin entender cómo cabían en una cama individual de becado (le colgaban los pies de la cama, como a ustedes dos les gusta, habrían enloquecido). Y al checo, tu compañero de cuarto, le parecía normal que si estaban conversando y riendo hasta tarde, el húngaro durmiera allí, puesto que cerraban las puertas de entrada del edificio a las diez de la noche y había frío y era insufrible cruzar los patios congelados; o simplemente porque deseaban amanecer juntos y tocarse de madrugada, y acariciarse en silencio cuando las luces y las frases se hubieran apagado.

Y tú, Rafa, palpabas sus largos brazos y sus músculos de nadador y futbolista, y él hundía sus manazas en tu pelo negro; y los dos se miraban sin verse, y esperaban a ver quién se dormía primero, quién dejaba de revisar su propia forma en la de su compañero, quién acababa de aburrirse viéndose como en un espejo, sin verse, y hermoseados por la asunción de estar amando sus respectivas identidades, su propio sexo en el del otro, sus mismas zonas erógenas y sus mismas zonas tiernas y los mismos músculos (los tuyos, atemperados, pues nunca fuiste futbolista ni menos nadador, Rafa); y sus mismas ideas sobre un centenar de cuestiones, si bien eso hubiera parecido imposible entre un uraloaltaico y un cubano.

Qué despertar horrible, inimaginable. Matías se había ido de vacaciones a Hungría sin despedirse de ti, no se habían visto desde el empujón en el albergue durante la descarga de Elena Burque, duele sentirse tan solo, saber que llegó el fin de todos tus besos (no se volverían a ver jamás); y el ambiente en los dormitorios y las aulas donde hay cubanos se había tornado opresivo. El gordo Godofredo había estado preso en la embajada cubana en Moscú y había sido devuelto a Cuba, acusado de inmoralidad por una trabajosa mamada que le dio a un borracho. Se anunció un próximo apocalipsis de asambleas catárticas y consiguientes mea culpas, y los becados especulaban acerca de quiénes serían expulsados, susurrando nombres y apellidos en los pasillos, en el comedor y en los baños.

Qué despertar horrible, Rafa, impensable ni siquiera para un cubano enamorado de un húngaro. Una linterna te alumbra el rostro sorprendido, dos desconocidos se identifican como funcionarios de la embajada cubana que vienen a buscarte, no preguntes nada, te lo explicaremos, tienes que acompañarnos. Te digo que no preguntes. Despiertas al checo halándole un pie y le aseguras no saber qué sucede y le pides que se lo informe al jefe del colectivo. Y te llevan del brazo a la residencia del embajador cubano (donde vivió Beria, el tenebroso jefe de la KGB); y en la oficina te esperaba Quintero, el responsable de los becados cubanos en la Unión Soviética. Godofredo te había acusado de maricón: Yo no soy el único homosexual en este colectivo, si me botan a mí tendrán que botar a unos cuantos tapiñados. Y te asedió el del Partido, el de la Juventud Comunista recién nacida y cuatro oficiales de la Seguridad del Estado. Y estabas tan deprimido por la ausencia de tu húngaro y su partida sin adiós, y te hostigaron con tantos gritos y amenazas, que acabaste de asumir lo que nadie hubiera podido probar y parecía imposible entre un uraloaltaico y un caribeño, sí, sí, deme acá para firmar y mándenme para Cuba, para el infierno, para dondequiera, y ahora déjenme dormir unas horas. Por favor, déjenme dormir unas horas, no soporto esto más...


Sobre el autor

Ernesto González es escritor cubano. Vivió en Chicago, donde enseñó español en East-West University y en la academia Cultural Exchange. Fue asesor de la prueba de eficiencia de español de Riverside Publishing y traductor del periódico Hoy, del Chicago Tribune. Sus novelas han sido publicadas por After the Storm (Estados Unidos), Guantanamera (España), Cuban Artists Around the World (Miami) y Extramuros (La Habana). Sus obras han aparecido también en antologías y revistas literarias y están disponibles en Amazon Kindle.

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