Camino a Roma Dicen que todos los caminos conducen a Roma. Roma, Roma, Roma. ¿Pero cuál Roma? ¿La ciudad de los Césares? ¿La aldea de mármol y espadas, de palacios saqueados, de leyes grabadas sobre la piedra del miedo? ¿La de los esclavos, los senadores, los baños termales y la peste olímpica? No. Los caminos no llevan allá. Los caminos conducen a otra parte. A una calle sin nombre, donde abrí una puerta de madera vieja, donde viví. Quemado de Güines. Con dos puntos sobre la u. Ahí está mi imperio, mi centro, mi origen. Cierro los ojos y salto, salto como Superman desde el portal y caigo en la casa de Felicitas, corro hasta donde Nelo, grito algo sucio o hermoso, todo es lo mismo si es verdad, y corro de nuevo, doblo la esquina, sigo por la calle B, la que va al central, San Isidro, donde pasaba mi abuelo en bicicleta, algunas tardes, cansado, con la espalda doblada y los pulmones vacíos. Yo lo seguía con los ojos, y más tarde con los pies. Doblaba a la derecha y lo b...
"Hay recuerdos que no vienen del pensamiento, sino del olor. Como esta colonia: un golpe de infancia, una calle en Cuba, un hombre que se ponía esto antes de salir a buscar lo imposible." Archivo del cuerpo Haruki Murakami dice que en algún lugar de la cabeza hay un pequeño cuarto donde vamos dejando los recuerdos perdidos: las oportunidades que dejamos pasar, los amores que no cuajaron, las palabras que no dijimos. Ese cuarto existe, sí. Pero no es el único. Porque el cuerpo entero es un archivo secreto. Hay recuerdos que no se archivan en la cabeza. No todos caben ahí. Algunos se quedan en el estómago, en la acidez de una despedida mal digerida. Otros bajan al tobillo derecho, donde cojeamos sin saber por qué, como si una nostalgia nos jalara desde abajo, desde ese hueco mínimo que no logra cerrar. Las manos —sobre todo las manos derechas— guardan lo que no supimos soltar. Apretaron demasiado o dejaron ir muy pronto. Allí están las caricias suspendidas, las cartas no envi...